El asombro ante el ser en Oriente

La cuestión del asombro ante y por el ser antecede cualquier formalidad racional. Es por ello que al tantear unos pocos poetas orientales místico-religiosos, prontamente nos empapamos de ejemplos sobre tal sobrecogimiento.

Una de las peculiaridades más significativas que caracterizan este asombro es la receptividad que requiere y que resulta del impacto del ser en nuestra consciencia. Impacto desorientador por un ser que no puede ser ubicado ni en el espacio ni en el tiempo sino en todo el espacio y en toda la eternidad, donde no hallamos puntos de referencia, sólo un continuo estado de admiración inefable como cuando Dante, en su Divina Comedia, culmina su viaje contemplando a Dios.

Podemos decir que cuando una acción culmina su intención deja paso a la no-acción, al no-hacer, donde no hay, en la voluntad responsable, ni movimiento ni dirección (finalidad), sólo un estado sublime de gozo y plenitud. No obstante, este estado puede darse no sólo como efecto del hacer sino también, y esto es lo más interesante, como efecto de contemplar el ser.

El no-hacer como camino hacia el ser cobra así su sentido, su pertinencia. Lao Tse[1] fundamenta su Tao te King en esta concepción.

Por el estudio se acumula día a día.

Por el Tao se disminuye día a día.

Disminuyendo cada vez más

se llega a la no-acción.

Por la no-acción

nada se deja sin hacer

El mundo siempre se ha ganado sin acción.

La acción no es suficiente para ganar el mundo.

Cuando se observa y se contacta con el ser (Tao[2]), lo que supone ganar el mundo, el sujeto queda absorto, vacío, dejado a la intemperie, entregándose al Todo. Este no-hacer (Wu-Wey) no debe entenderse por pasividad o quietismo sino como carente de intención o, dicho de otro modo, como un estado de subordinación estoica al mundo[3]. Así pues, recuperando el sentido originario del no-hacer taoísta, hablamos de no-hacer haciendo (wey-wu-wey) al modo de un botánico amante de las flores que, moviéndose alrededor de una gardenia, observa receptivamente.

(si te interesa, este post se extiende en http://wp.me/pIkeR-1V)


[1] S. VI a.C. In-hsi, guardia de la frontera de Han-ku, al reconocer en un viajero a Lao Tse, quien se disponía a abandonar definitivamente el mundo conocido, le rogó que antes de partir dejara un resumen de sus enseñanzas. Lao Tse condescendió al deseo, y descendiendo de su cabalgadura, dictó al guardia un texto en el cual expuso la totalidad de su pensamiento. Luego partió y nada más se supo de él. De este modo había compuesto el Tao Te King, texto básico del taoísmo.

[2] Originariamente Tao se traduce por camino, sin embargo traduzco Tao por Ser porque para el taoísmo no hay nada superior al Tao y es el camino que nos abre la realidad y nos libera de lo que parece ser y no es.

[3] En el Taoísmo se recurre a la figura del niño como figura ausente de prejuicios lo que nos puede recordar el tercer estadio del proceso hacia el superhombre que F. Nietzsche describe en su Así habló Zaratustra.

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