Neuw, pedúnculo de la existencia

 La Tierra. 20 de Diciembre de 4048 d.C.

No quise repudiarlo, pero lo hice… mi viejo compañero de viaje interestelar, con quien había recorrido millones de años luz de antimateria más allá de la periferia imperial, se había convertido en un desdeñoso sicario. Me temo el porqué. La guerra no llegaba a su fin y cuando parecía acabar acometía con más violencia. El fragor de antaño me anegaba el cuerpo de odio, sin embargo a medida que transcurrían esperadísimas calendas podía sentirme valiente y con fuerzas para lo que fuera. La guerra no podría acabar conmigo, la muerte no la aceptaría jamás, a no ser que me atasen en una nave de las fuerzas del Imperio Galáctico en lo más alto de la cofa norte y utilizaran todos los nervios de mi cuerpo para poderme columpiar debidamente.

Decidí bajar al piélago. Necesitaba reflexionar y no había tiempo. Quería llorar y tampoco tenía tiempo. Quería entrar en contienda con el mundo ventrílocuo pero no había tiempo. Vanidoso tiempo. Siempre necesitando y queriendo sentir lo que no comprendía.

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