Neptuno entra en Piscis

Astrólogos (y no digo «astrónomos») de todo el mundo esperaban con gran ilusión el día de ayer. Neptuno, después de 165 años, empezó a ser, por fin, estimulado por las energías del signo zodiacal de Piscis.

En astrología, todos los planetas cumplen una función, como si fueran los órganos del sistema solar, y hacen mejor o peor su trabajo según en qué signo zodiacal estén. En rigor, lo que ocurre es que hacen (o no) más propiamente su función en un signo que en otro. Es como cualquier órgano del cuerpo (p.e. el corazón) el cual tiene diferentes momentos (p.e. el latir y el no latir) y que su función se expresa sobretodo en uno de esos momentos (el latir es su «momento cumbre»). Con los planetas igual, sólo que en muy muy lento y dividiendo en 12 los momentos que conforman la acción de su trabajo.

Con Neptuno en Piscis, el planeta hace su función en su momento cumbre (¡y esto ocurre cada 165 años!): Neptuno nos permite abrir el corazón más allá de los límites de nuestro ego; hace fluir libremente el amor, lo cual supondrá que hay que dar amor a lo que nos rodea para que regrese (¡aunque quién sabe de qué manera!). Y no es un amor exigente, todo lo contrario, es un amor incondicional a todo tipo de seres: plantas, animales, personas, etc.

Una clave importante para canalizar bien esta energía estará en la percepción (obviamente, del entorno), de lo contrario puede producir indignación y confusión. Será vital saber darnos cuenta del dolor y el sufrimiento ajeno y desarrollar un profundo sentido ecológico con el bioentorno y un sentimiento de solidaridad con aquellas personas que sufren.

Fantaseando con las marabuntas

Desde hace muchísimos años fantaseo con las marabuntas. Siempre he imaginado una hipotética ciudad de miles de habitantes y de escasos recursos tecnológicos con siempre el mismo problema año tras año: las migraciones de millones de hormigas que, ansiosas por encontrar comida para sus larvas, arrasaban con la ciudad y aquellos habitantes que no hubieran escapado a tiempo. En mi fantasía juvenil imagino que de un gran problema así acabó surgiendo (en esa hipotética ciudad) una costumbre que consistiría en aguardar todos y todas a la marabunta lo mejor preparados posibles, para pisar y pisar hormigas sin parar, sin piedad, y siempre en perfecta sincronización con los demás ciudadanos. Sería algo muy emocionante, algo así como esperarlos todos en línea, en alguna llanura a las afueras de la ciudad, todos formados como en las antiguas batallas medievales, abarcando la máxima extensión posible, equipados quizás con un calzado especial para pisar mejor y mayor superficie.
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Abstracción y lenguaje metafórico

El punto de partida de este post es la función que tiene el lenguaje en nuestra relación con el entorno. Según la teoría cognitiva del significado (Langacker, 1991), nos valemos de determinadas estructuras conceptuales para poder reconocer, diferenciar y comprender tal entorno.

Por ejemplo, cuando yo me encuentro con Ron, el perro de mi vecino, puedo identificarlo a varios niveles: 1) particularmente como Ron (y no como Chak, el perro de mi abuela); 2) como un Bulldog (y no como un cocker inglés); y 3) como un perro (y no como un gato).

Así pues, de una forma más o menos consciente, mi mente dispone de la siguiente estructura semántica:

Sobre este tipo de estructuras podemos hacer las siguientes observaciones:
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Lo ente “y” el eidos. La “y “ como virtud del filósofo

Interpretación ontológica del proceso del conocer

La ontología no depende de lo existente sino de por qué aparece lo que aparece, de aleceia. Es la causa lo que hace ente al ente y esta causa es necesariamente el ser. Desde aquí, desde esta necesidad de buscar aquello que permita que podamos hablar de verdades, aquello que determine lo ente en cuanto ente, y aquello que diferencie al ser de los entes, podemos sentirnos obligados a releer a Platón desde una postura metafísica.

“A medida que se indague en lo verdaderamente ente y lo no verdaderamente ente se irá definiendo un criterio para aprehender el ser”.

Esto es, tanto en Platón como en Parménides, y dicho por Marzoa, el segundo momento en el que, después de aclarar el primer momento -que el ser es y el no-ser no es-, se trata de definir lo óntico dentro de la problemática epistemológica que conlleva que el no-ser pueda ser tomada como ser. El ser tiene que ser inmóvil pues la verdad es siempre la misma  y lo no verdaderamente ente tiene que ser opinión.

Para Platón la idea es lo que determina al ente por lo que la Idea es lo verdaderamente ente, es decir, lo que verdaderamente tiene ser. Estamos ante Platón quien ontologiza, a través de un proceso, lo óntico.

Marzoa nos advierte de que esto “plantea el problema más grave: Lo ente se escinde en dos planos, de los cuales uno, en esa división, aparece como lo ente y el otro como lo no-ente, sin que por ello deje de tratarse, en todo negocio, de lo ente”. Y Alejandro Escudero Pérez saca tres consecuencias de dicha advertencia.
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El Año Nuevo Chino

¡Durante esta mañana de lunes se dará un momento muy especial!

¡Feliz Fiesta de la Primavera!

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El Año Nuevo Chino, la Fiesta de la Primavera, es la festividad tradicional más importante del año calendario chino. Las celebraciones comienzan el primer día del primer mes lunar y terminan quince días después, cuando se celebra el Festival de los Faroles.

El Año Nuevo Chino se cuenta en el día de la luna nueva más próximo al día equidistante entre el Solsticio de Invierno (entre el 21 y el 23 de diciembre) y el Equinoccio de Primavera (entre el 20 y el 21 de marzo) del Hemisferio Norte.

Ese día equidistante entre esas dos fechas cae entre el 3 y el 5 de febrero. Con frecuencia ambos días no coinciden con la luna nueva. Por ello el Año Nuevo Chino puede ser entre el 21 de enero o el 21 de febrero.

Una vez determinado el día que sea, luego se cuentan 15 días hasta que se celebra el Festival de los faroles, un canto a la vida, a sus ciclos en forma de espiral, una forma de rendir tributo a la evolución, respetar los cambios y procesos, sin importar el ego propio, sometiéndose a la suerte, estoicamente, como panteísta de corazón y estómago. Es una celebración como cualquier celebración de un nacimiento y una muerte que dan paso a nuevos nacimientos. Una celebración al paso del apego al desapego, un aprendizaje colectivo al dejar soltar, al desprenderse, al salir del ego y vivir el presente tal como es.

Soy como tú,

-dice el farol a otro farol-.

Sólo soy un farol candente en la más profunda de las noches,

un farol junto a otros faroles como tú,

todos navegamos a través de las estrellas,

sin rumbo,

esperando un adormecimiento cálido y eternamente permanente,

eternamente en paz.

esperando la inexorable muerte,

la extinción definitiva del calor y la luz de mi alma.

Adiós…


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Algunas claves para llegar a ser un científico revolucionario

En posts anteriores exploramos las condiciones para la emergencia de mentes científicas creativas. Primero, exploramos la dimensión epistemológica que nos iba a permitir entender cómo llegamos a conocer algo con garantías (la ciencia desde el mentalismo, proceso de abstracción, el conocimiento científico). Segundo, exploramos la dimensión psicobiológica al adentrarnos en nuestra dimensión primitiva (evolución humana, multidimensionalidad de la naturaleza humana, lenguaje metafórico y control de instintos, inconsciente). Con ello no perdíamos de vista que la actividad del científico está circunscrita por su animalidad. Tercero, exploramos la dimensión psicosocial al adentrarnos en la relación limitante individuo-sociedad a la hora de elaborar conocimiento creativo (cómo se expresan las necesidades primitivas en la sociedad y cómo el creativo las gestiona; la influencia de los grupos sectarios, el ataque al creativo por parte de los mediocres).

Con todo lo anterior estamos en condiciones de seguir. Ahora comprendemos que hay saberes menos inseguros que otros porque han sido bien contrastados (o han resistido falsaciones). Así pues, la cuestión de la verdad absoluta no debe preocuparnos más. Lo único que vale ahora es conocer el mundo donde vivimos (incluidos nosotros), averiguar cómo podemos relacionarnos con él de una forma óptima y, lo que es nuestro objetivo, comprender qué convierte a un científico ortodoxo en revolucionario.

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