El camino comercial de Santiago

Siento con mucha pena que después de caminar por todo tipo de parajes indescriptibles, sacrificando mis pies y mi espalda, a los 100 km de Santiago de Compostela (distancia mínima para recibir la Compostelana), en Sarria, se incorpore una marabunta de gente totalmente insensibilizada con el espíritu del Camino.

Me encuentro con que después de caminar más de 40 km y llegar al esperadísimo albergue, éste está repleto ¡y desde hace horas!. Resulta que los turistas, encima muchas veces apoyados por vehículos, caminan apenas unos quilómetros y en seguida se albergan, siendo morar en tales refugios toda una experiencia typical of here. Al fin y al cabo tienen que hacer tiempo como sea, ¡ya se huele el botafumeiro desde ahí!.

Mientras tanto, los auténticos peregrinos se encuentran sin poder ser acogidos y son penosamente reconducidos a pabellones deportivos. Y ello mientras los intrusos se regocijan con la delicatessen de los manjares gallegos.

Eso no es todo, hace 10 años hice el mismo camino y no recordaba tan poco respeto por la naturaleza. Y es que ahora no hace falta seguir las famosas flechas amarillas para no perderse, con seguir el rastro de la porquería es suficiente. Y aún peor, eso parecen las ramblas de Barcelona, el alboroto es a veces desquiciante.

Siguen siendo muchos planeando repetir la experiencia, pero no pocos se plantean dar por finalizado el viaje a los 100 km de Santiago.

Los perros en las ciudades

Los perros, como las personas, necesitan sacar fuera la tensión interior. Estos animales no pueden desahogarse escribiendo sus preocupaciones en blogs como éste, o hablando con sus amigos o yendo los domingos a ver el fútbol. Los perros, sobretodo los más jóvenes y atléticos por constitución, necesitan correr quilómetros, ladrar bien alto, relacionarse y jugar con otros perros (y desde ya cachorros), oler el bosque… En caso contrario, se vuelven locos, como las personas.

El contrasentido de la prohibición del botellón

En Barcelona, en una plaza de Gracia, hablando con unos amigos, bebiendo una lata de cerveza. A pocos metros: una terraza de bar con exaltados turistas hinchados y coloreados por el alcohol. Ambos estábamos en espacio urbano, pero nosotros no estábamos consumiendo sino a precio de supermercado.

La Ley está bien, la aplicación no. Policías urbanos sin conocimiento del conjunto de circunstancias se acercaron a nosotros y nos denunciaron educadamente por infringir el precepto de “Conv.  O.M. (ordenanza de medidas) para fomentar y garantizar la convivencia”. No hace falta ningún análisis para descubrir el contrasentido de todo esto.

El negocio de los tampones

No creáis todo lo que os dicen los anuncios. Los prados de flores y el preguntarse por el olor de las nubes quedan bien lejos de la mente de una cuando lo que acompaña son intensos dolores abdominales y un humor de perros. Esas imágenes aún se alejan más de mi cabeza cuando veo los precios a los que se vende una caja de tampones o un paquete de compresas. Y por si esto fuera poco, el Estado no hace más que agravar la cuestión imponiendo a estos productos de primera necesidad para nosotras, las mujeres, un IVA del 16% como si de un artículo de lujo se tratara. ¿Es justo pagar más impuestos por una caja de tampones que por unos pañal…? ¡Ai! Digo ¿por un tarro del tan apreciado caviar?

Autora: Raquel Puig-Pey Comas