La libertad entendida como liberación

Sabiduría, liberación de la cabeza.
Amor, liberación del corazón.
Belleza, liberación de los sentidos.
Rito, liberación del acto

(Lanza del Vasto)

Esta temática es tan abstracta que cuando la concretamos, nos encontramos con concepciones casi contrarias. En mi caso, me refiero a la libertad como la búsqueda de liberación de aquella parte de uno mismo que impide llegar a ser lo que uno es en potencia. Según se pueda más o se pueda menos hablamos de más libertad o menos. Es, por un lado, el poder aprovechar más y mejor nuestras posibilidades (determinadas de antemano por las facultades del ser humano y nuestra individualidad) y, por otro lado, el podernos adaptar a las circunstancias, lo que nos hace más o menos libres.

En mi opinión, defendería que la libertad:

1.  Presupone que la naturaleza ha “determinado” al ser humano para que pueda autodeterminarse.

2.  Nace en el ser humano de la unión de, al menos, seis desarrollos:

– El desarrollo del conocimiento. Básicamente se trata de adquirir información sobre el mundo natural y cultural así como sus bases epistemológicas. Supone un conocimiento teórico y técnico adquirido en instituciones que garanticen la calidad de dicha información. La importancia de este desarrollo se basa también en tener conocimientos políticamente correctos.

El desarrollo de la atención sobre lo que ocurre alrededor nuestro, lo que puede llamarse desarrollo de la consciencia. Ampliar/ expandir el diámetro y la calidad de observación y atención supone estar en unas condiciones ventajosas respecto a aquel que sólo observa lo que le pasa a un palmo y medio. Estar en una situación u otra dependerá de la fijación por uno mismo. Para mí la libertad nace con la consciencia y ésta la relaciono con la libertad porque permite recibir sin tener que reaccionar instintivamente. La consciencia permite recibir y objetivizar en mayor o en menor medida. Este relativismo es el que permite grados de libertad.

El desarrollo del entendimiento, entendido éste como quien interioriza lo que observa y lo relaciona con otras realidades interiorizadas, desarrollando así en el interior de uno mismo una estructura capaz de captar la estructura exterior. Esto es algo así como que interiorizo el triángulo y una vez conseguido esto puedo optar por comprender todos los triángulos con los que me encuentre en mi vida diaria. Tener muchas experiencias diferentes y comprendidas por la consciencia ¿Permiten a este sujeto tener más posibilidades para comprender lo que le sucede, deducir y anticiparse a lo que pasará, pudiendo así adaptarse más adecuadamente a las circunstancias?

El desarrollo de la intuición, entendida ésta como nuestra relación con la realidad a través de nuestro fondo inconsciente, lo que involucra todo tipo de deseos, instintos, necesidades, creencias, miedos, etc. Se trataría de educar el inconsciente para poder confiar en él, para poder poner el “piloto automático” sin temer sufrir serios accidentes.

El desarrollo de la razón, entendida ésta como la capacidad para pensar bien, lógicamente, jerárquicamente (diferenciando niveles), para analizar, criticar y así poder estructurar y reestructurar nuestro mundo interno (mundo de relaciones de ideas). [1]

El desarrollo de la paz interior y el amor. Para poder relacionarse adecuadamente al entorno es necesario que uno mismo esté abierto al entorno. Es necesario estar neutro, vacío, para que el exterior entre lo más puro posible y así uno pueda empatizar. Si el entorno es la nota si bemol y yo tengo ruido en mi interior u otra nota en mi interior, el entorno pasará me desapercibido o confundido con mi propio estado. No obstante, también podría concebirse que yo formara parte de una melodía cósmica y aportara una nota en el momento adecuado de esta partitura cósmica. En este caso debería atender al resto de la orquestra para evitar ser disonante. [2]

 

Como puede verse, cuando menciono la consciencia hablo de aquello que permite dejar en suspensión, sin urgencia (como sobretodo sí ocurre con los instintos y las pasiones), un determinado contenido, sin que éste tenga que determinar forzosamente ninguna acción. Esto sólo es posible, creo, con cierta paz interior. La libertad depende, pues, de poseer una consciencia de la que somos conscientes (autoconsciencia), la cual, es la que permite observarnos y juzgarnos. Un autojuicio desvinculado de nuestros miedos y nuestro ego (o lo que sea) juzgará, mediante la razón o mero sentido común, que nuestro modo de sentir, pensar o hacer, no es el modo más apropiado para relacionarse con lo que nos rodea.

0.1. Ejemplos

– El incendio. Tenemos a dos sujetos (A y B) en un local en el que se produce un incendio. Imaginemos que el sujeto A tiene mayor capacidad para atender a lo que acontece alrededor suyo: conoce las salidas de emergencia y sabe cómo actúa el fuego. El sujeto B no tiene estas presuntas ventajas. ¿Quién tiene más opciones? ¿Quién tenderá a ponerse histérico y quién tenderá a mantener la serenidad? En mi opinión, el sujeto A puede controlar la situación y se adaptaría mejor a ésta. Así pues, esto le permitiría optar por lo que el sujeto B no tendría oportunidad.

El agresivo autómata. Si soy consciente de que tengo una agresividad interior que no sé canalizar y que me corroe por dentro, entonces tenderé, con toda seguridad, a cometer una agresión a alguien cercano, incluso amado. Si yo desconozco mis pasiones y mis posibles reacciones, entonces no seré libre sino que estaré sometido al determinismo. En cambio, ante la misma situación, pero con autoconocimiento, podré tomar medidas adecuadas para evitar ser víctima de mis impulsos.

El poder del amor. El amor permite adentrarse en el otro, incluso en el odioso, percibiendo su angustia, su infierno. Permite conocerlo, en la medida de lo posible, por lo que sensorialmente puede percibirse, ya sea a través de los sentidos (sus gestos, su olor, su voz rasgada, sus rasgos), ya sea a través de la antipatía que inspira o de sus palabras destructoras.

Este adentrarse, logrado con amor incondicional, permite sintonizar con el odioso, aquel que es malo, que odia, que transmite maldad, que busca el daño de los demás y padece en sí mismo el peor de los males: el infierno interior.. A continuación, escribo unos versos que espero que sean reflejo del fenómeno del poder del amor en relación a su acceso transparente a su entorno. La situación es la siguiente: El filántropo junto al odioso. El filántropo se introduce en(o deja que se introduzca en él) el ser interior e infernal del odioso y llora, profundamente desesperado, la desgracia de su acompañante (el odioso) quien, entretanto, no deja de asaetar al buen filántropo con burlas hostiles, crueles, buscando así su mal.. Y así el filántropo expresa, en primera persona, su experiencia:

Lloro por su desgracia,

no dejo de derramar lágrimas,

de pena, de compasión.

La tragedia vivida por mis sentidos y mi entendimiento

es vista por el odioso

como la muestra de su triunfo.

 

Y ante ello se jacta. Porque ha ganado la guerra.

Sin embargo, algo arruina sus carcajadas.

Lloro y,

desde mi amor,

hago la guerra, su guerra pírrica.

Justifico,

con máxima atención a mi interior dolorido,

mi tragedia.

Y a cada palabra jadeante,

al odiado se le añade una nueva expresión de terror.

La autocompasión que siempre se había negado,

que había sufrido, al menos,

en la más íntima soledad,

en la oscuridad y en la vergüenza,

está siendo ahora explicitada, con la sinceridad más indudable,

con la elocuencia más cegadora.


[1] Kant, en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, dice que la “voluntad es una especie de causalidad de los seres vivios, en cuanto que son racionales, y libertad sería la propiedad de esta causalidad, por la cual puede ser eficiente, independientemente de extrañas causas que la determinen; así como necesidad natural es la propiedad de la causalidad de todos los seres irracionales de ser determinados a la actividad por el influjo de causas extrañas. (…) La citada definición de la libertad es negativa, y por tanto, infructuosa para conocer su esencia. Pero de ella se deriva un concepto positivo de la misma que es tanto más rico y fructífero. El concepto de una causalidad lleva consigo el concepto de leyes según las cuales, por medio de algo que llamamos causa, ha de ser puesto algo, a saber: la consecuencia. De donde resulta que la libertad, aunque no es una propiedad de la voluntad, según leyes naturales, no por eso carece de ley, sino que ha de ser más bien una causalidad, según leyes, si bien de particular especie; de otro modo una voluntad libre sería un absurdo. (…) La necesidad natural era una heteronomía de las causas eficientes; pues todo efecto no era posible según ley de que alguna otra cosa determine a la causalidad la causa eficiente ¿qué puede ser, pues la libertad de la voluntad sino autonomía, esto es, propiedad de la voluntad de ser una ley para sí misma? Pero la proposición “la voluntad es, en todas las acciones, una ley de sí misma”, caracteriza tan sólo el principio de no obrar según ninguna otra máxima que la que pueda ser objeto de sí misma, como ley universal. Esta es justamente la fórmula del imperativo categórico y el principio de la moralidad; así, pues, voluntad libre y voluntad sometida a leyes morales son una y la misma cosa.”

[2] Jalaud Din Rumi escribió en el Masnavi un capítulo titulado Hasta que el hombre no destruye el “ego” no es un verdadero amigo de Dios y dice así:

<<Una vez un hombre llegó y llamó a la puerta de su amigo.

Su amigo dijo, “¿Quién eres, Oh fiel?”

Él dijo, “Soy yo”. Su amigo respondió, “No hay admisión.

No hay lugar para el crudo en mi fiesta bien cocida.

¡Nada sino el fuego de la separación y la ausencia

puede cocer al crudo y librarle de la hipocresía!

Puesto que tu ego aún no te ha dejado

debes arder en feroces llamas.”

El pobre hombre se alejó, y durante todo un año

viajó ardiendo de dolor por la ausencia de su amigo.

Su corazón ardió hasta que estuvo cocido; entonces regresó

y se acercó a la casa de su amigo.

Llamó a la puerta con miedo y turbación

de que alguna palabra descuidada pudiera caer de sus labios.

Su amigo gritó, “¿Quién está en la puerta?”

Él respondió: “¡Eres Tú quien está en la puerta, Oh Amado!”

El amigo dijo: “Puesto que éste soy yo, déjame entrar,

no hay lugar para dos Yos en una casa.”>>

Providencia y Destino según Boecio

Boecio diferencia los comúnmente confundidos conceptos de Providencia y Destino. Los dos conceptos, no obstante, comparten un mismo objeto: el Plan de Dios para el mundo.

La diferencia parte de la distinción entre Dios y su creación. Así pues, el Plan visto por Dios es la Providencia (está en el interior de Dios) y el plan manifestado en el mundo es el Destino[1] (está en el exterior de Dios o en su creación).

El Plan, en la Providencia, es simple, sintetizado, íntegro, eterno, inmutable. En cambio, a diferencia de la Providencia, el Plan del Destino es actual/temporal y múltiple.

En síntesis, dicho filosóficamente, la Providencia es la esencia de cualquier existencia posible y el Destino es esta esencia pero ya existente y desplegada en el mundo de las cosas sometidas al cambio.

Los dos conceptos tratan de lo mismo, aunque la Providencia en un sentido ontológico y el Destino en un sentido óntico.

Boecio, además de hacer esta distinción, explica cómo se relacionan. Esta relación es presentada como necesaria de la misma manera que las ideas necesitan del entendimiento de un sujeto, o una obra de arte de un artista. Como cualquier elemento de una dualidad, éste necesita del otro elemento para poder definirse. Nunca podremos definir la oscuridad sin el concepto de luz.

Ciñéndonos a la dicotomía que nos interesa, y siguiendo con el ejemplo de la luz, es posible explicar la relación entre Providencia y Destino. El Sol (Providencia) nos ilumina con un gran haz de luz, no obstante, esta misma luz influencia de forma distinta según sobre qué, cómo y cuándo actúe (Destino). A un viejo nórdico de blanca y sensible piel, la luz del Sol le afectará de forma distinta que a un joven ecuatoriano de oscura y resistente piel.

El sentido en el que Boecio explica esto está muy acorde con el pensamiento astrológico si entendemos éste como la relación armónica de algo unitario (configuración astral) con algo múltiple (diferentes configuraciones manifestadas en el mundo a partir de la misma configuración astral). Para comprenderlo mejor pensemos un kosmos astral (organización general) que comparte con todos los kosmos terrestres (organismos particulares) una misma estructura constitutiva (el Plan de Dios) que hace posible la famosa y recurrente ley de correspondencia (la que permite relacionar lo de arriba/el Uno con lo de abajo/ lo Múltiple).

Todo aquello que forma parte de la multiplicidad gira en torno a un mismo punto: la Divinidad. El hecho de que todo sea respecto a un único centro conlleva que cada cosa se defina según la proximidad o lejanía respecto a la causa de todas las cosas.

Boecio dice que hay cosas, que al estar próximas a este centro, ”escapan al Destino y se rigen sólo por la Providencia”. Dicho así, con el “sólo”, esto es tajante y no admite graduaciones, no obstante su posterior ejemplo sí que lo admite: una “serie de esferas o círculos concéntricos que se mueven entorno a un eje”.

Según este ejemplo, cuanto más cerca del centro está el círculo, más comparte de Divinidad[2].

Partiendo del esquema que utiliza Boecio para ejemplificar la relación de la Providencia con el Destino, el sistema solar es un sistema donde todos los planetas (Destino) giran alrededor del Sol (Providencia). El planeta con la órbita más cercana al Sol, Mercurio, representaría el planeta que, en proporción a la inmutable quietud del Sol, participa, en mayor medida, en la Providencia. Cualquier otro planeta es más inquieto en el sentido de que recorre más distancia (aunque en otro sentido Mercurio sería el más inquieto en cuanto que es el más veloz).

Sorprendentemente, en la tradición astrológica, este planeta representa la facultad humana que muy posiblemente convendremos que “participa más intensamente en la simplicidad del centro común”, es decir, que participa más fielmente en la esencia de Dios (Sol). ¿Qué facultad es esta? El intelecto entendido como la capacidad de razonar, pensar, discernir, relacionar (mentalmente) y comunicar. ¿Y qué facultad representa tradicionalmente el Sol (o la esencia de Dios) que tan íntimamente está relacionada con la facultad del pensar? La conciencia[3].

Conciencia (sea divina o no) e intelecto no son idénticos[4], sin embargo están íntimamente relacionados (incluso confundidos) por muchas filosofías (Anaxágoras y su Nous, Filosofía del futuro de Feuerbach) y religiones (Ley capital del hermetismo).

Después de esta, espero, adecuada y aclaratoria explicación está la cuestión del hombre. ¿Qué representa para el hombre que el mundo de las cosas móviles estén sujetas a una única causa? A diferencia de lo que Boecio piensa antes de que la Filosofía consuele su visión pesimista, el hombre, al estar sujeto a Dios, debe comprender el carácter necesario de todo lo que sucede y es esta aceptación del todo la aceptación del plan divino (Providencia). Cualquier pensamiento contrario es fruto de la ignorancia, el mal, el error, la confusión, el miedo, la pereza y todo aquello que conlleva no “comprometerse” con Dios.

 


[1] Reflejo del plan.

[2] Esto recuerda al neoplatonismo de Plotino.

[3] Identifico esta facultad con Dios porque un Dios sin conciencia parece imposible.

[4] No son idénticos como no lo son la Providencia y el Destino o, más acorde con lo que trato de mostrar, el centro/eje no es idéntico (¡aunque se parezcan mucho, puedan compartir mucho!) al círculo o a la esfera más próxima a dicho centro/eje.