Autoestima y vigorexia, la anorexia de los hombres

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La publicidad se dice que es engañosa y es justo la mentira de tener que imperativamente lucir un cuerpo musculoso lo que vamos a analizar en las próximas líneas.

Cuando un publicista diseña un spot dirigido al público masculino no solamente quiere informar del producto, de sus cualidades y utilidad directa, sino que que quiere también transmitir cualidades simbólicas de gran valor social como lo son la fuerza, la potencia, la salud, el estatus o el éxito sexual y social. Por supuesto, consumir una colonia no nos hace mejor en todas estas cualidades pero el inconsciente parece no discriminar qué viene con el producto y qué depende de una gran cantidad de variables ajenas a dicho producto. Éste es el arte de la persuasión. Lo grave del asunto es que si el protagonista masculino que representa la colonia posee todas esas cualidades se está proyectando en las mentes de toda la sociedad el ideal a conseguir todo el pack. Interiorizamos en nuestro fuero más profundo que es inviable tener éxito sin tener un cuerpo escultural, potencia sin un cuerpo definido, estatus sin tener todos los dientes bien alienados y blancos.

En consecuencia, en una sociedad de consumos de signos (Fanjul, 2010) aparece el culto al cuerpo y con él los trastornos de comportamiento alimentario los cuales son “comportamientos, creencias y actitudes hacia la comida, la imagen corporal y el peso, que llevan a quien los sufren a alterar los hábitos de su alimentación de una forma desordenada, produciendo consecuencias negativas sobre su salud física y psicológica” (Centrum Psicólogos). En mujeres, son conocidos la anorexia y la bulimia, trastornos debidos, en parte, a los modelos sociales que configuran como obligación un cuerpo delgado definido y fibrado. En hombres, que es lo que nos interesa ahora, encontraríamos la vigorexia, también conocida como “complejo de Adonis” y que se caracteriza por una obsesión por estar musculado. Quien lo sufre se percibe irracionalmente como un ser pequeño, débil, enclenque y carente de cualquier atractivo físico. Todos los males parecen tener una única causa: la propia constitución física (Fanjul, 2010). Los gimnasios, junto a las marcas de moda, estética y alimentación, con sus anuncios, refuerzan este tipo de creencias, que no son simples ideas que tenemos, sino en las que estamos, como diría Ortega y Gasset.

Igual que con la anorexia y la bulimia, un público especialmente susceptible a la vigorexia es el adolescente, momento (proceso que puede durar cuatro o cinco años) en el que el varón madura física y sexualmente, cuando tiene su primera eyaculación y que culminará en hacerse un hombre. Es el momento del famoso “estirón”, de un gran crecimiento del esqueleto y de la musculatura. El desarrollo de las características sexuales secundarias como es el vello en la carta o en el pubis, igual que la gravedad de la voz, configuran toda una revolución para el adolescente. La producción de testosterona, hormona masculina por excelencia, favorece todos estos cambios. El adolescente se encuentra en una situación completamente nueva, su interés por el cuerpo es mayor que nunca, tanto por la novedad como por la presión social de encajar y por el gran interés en el sexo. Todo ello supone reelaborar la imagen que tienen hacia su cuerpo y el preguntarse por su atractivo. Ello, combinado con el hecho de que el comportamiento se ve alterado por esta época -en el cual la visceralidad, la impulsividad, el incremento de búsqueda de estímulos o de conductas de riesgo son mayores por la combinación de una gran actividad de la amígdala y la falta de madurez de la corteza prefrontal- hacen del chico adolescente un sujeto especialmente vulnerable y sugestionable al adoctrinamiento inconsciente de la publicidad en el que se define lo masculino atractivo. Tal como indica el estudio de Fanjul (2010), los adolescentes que son puestos en contacto con la publicidad de estas características se sienten menos satisfechos con su propio cuerpo y, por extensión, consigo mismos. Una falta de autoestima junto a un perfil psicológico que tienda a la obsesión por la “perfección”, puede llevar a los chicos a perseguir el peso y figura ideal, haciendo un duro régimen de ejercicio en el gimnasio, por un lado, y de alimentación que busque la máxima definición muscular, por otro lado, incluso apoyándose de componentes como la creatina, con sus peligrosos efectos secundarios.

Una vez que el chico adolescente alcanza la adultez en un sentido biológico, entre los 18 y 21 años, es cuando empezará a poder aspirar a la mejor versión de su físico. Estamos hablando de la juventud, el periodo de más fuerza, más tasa de trabajo sin fatiga (resistencia), más velocidad y coordinación. Si hay algún momento mejor para entrenar (con moderación) es éste, y es por ello que las edades de los deportistas de élite suelen encontrarse entre los 18 y 30 años. Luego el ser humano “sufre” una disminución general de todas sus funciones con algunas excepciones como el sentido del equilibrio que toma su máximo a los 40 años. A partir de los 30, el ejercicio físico (aeróbico) y las dietas saludables, además de combatir el aumento de peso, pueden alargar nuestra juventud, cuestión especialmente preocupante en nuestra sociedad. Es un momento en el cual no solamente nos preocupa la cantidad de alimentos que tomamos (queramos ganar o perder peso) sino la calidad. Esto ha creado verdaderas obsesiones por la “buena alimentación”: la llamada ortorexia, un trastorno de la alimentación que todavía no ha sido reconocido oficialmente y que consiste en una “preocupación patológica por la comida sana” (Muñoz, 2007) que lleva a los afectados a dedicar más de tres horas al día a pensar su dieta, a preocuparse más por la calidad que por el placer, a sentirse profundamente culpables al incumplir sus mandatos de calidad, a aislarse socialmente, a sentir depresión, ansiedad e hipocondriasis, u otros síntomas que nos recuerdan a trastornos de la alimentación más conocidos. Es cierto que con el tiempo podemos necesitar dietas más ricas en fibras, bajas en sodio, evitar azúcares refinados, así como las grasas saturadas y el colesterol LBD, pero la cuestión que aquí está en debate es la obsesión y sus efectos patológicos.

La vigorexia, más allá de la juventud, se topa con una problemática a añadir, por si no fuera suficiente, y son los límites de nuestro cuerpo. Aunque la salud en general es buena en esta época, los músculos se debilitan y aumenta el porcentaje de grasa hasta un 30%. Este incremento de peso debido a la relentización del metabolismo debe tomarse sanamente, sin resistencias, como parte de la vida. Sin embargo, un interés desmesurado por mantener un cuerpo definido puede entrar en conflicto con estos procesos naturales y llevar al que sufre de vigorexia con esta edad a intensificar los entrenamientos y dietas, con el respectivo riesgo de lesionarse o enfermar, por no mencionar el detrimento de la calidad de vida psicológica. Estamos hablando de hechos imposibles de evitar, por mucho que se relente su avance. A medida que se envejece, entre los 40 y 70 años, la fuerza disminuye un 10-20%. Además, los huesos resisten menos la presión mecánica, bajan su capacidad un 5-12% por década a partir de los 20 años. Las articulaciones, desde la década de los 20-30 años, empiezan a disminuir por el proceso de desgaste de los cartílagos. Y el tiempo de reacción, es decir, la capacidad para emitir una respuesta, se relentiza considerablemente. Con todos estos cambios, el gimnasio ya no puede ser un escenario donde entrenar como en la juventud.

Con todo, es comprensible movimientos sociales como el Body Positive, en los que se intenta normalizar tener “michelines” o siluetas “diferentes”, que es posible percibir belleza allí donde los cánones no imponen su dictadura estética. The HAES Manifiesto (Health at Every Size) representa una iniciativa social poderosa que lucha contra los complejos corporales, que lucha por estar en paz con nuestros cuerpos, por evitar las obsesiones que provocan compulsiones que nos hacen terriblemente infelices. Este manifiesto, sobretodo orientado al colectivo femenino, puede considerarse una iniciativa que lucha por acabar con asunciones erróneas como que un cuerpo con una determinada forma sea sinónimo de salud, puesto que la salud depende de más variables. También es fundamental recordar que cada cuerpo tiene su peso ideal y que debemos trabajar para aceptarnos tal como somos, confiar en nosotros mismos, en tener un estilo de vida realmente sano y abrazar la diversidad de tamaños y siluetas corporales. Gracias a movimientos de este tipo se genera el cambio social necesario que podemos ver materializadas en campañas publicitarias como hace Sports Illustrated desde el 2016 con sus anuarios.

En el caso de los hombres toda esta cuestión está mucho menos visible y falta claramente concienciación, sin embargo, es cuestión de tiempo y trabajo que se logre una política social, marcada por una moral que valore la diversidad de la belleza. Por supuesto, existen algunos determinantes biológicos en aquello que percibimos como bello, como es la simetría, y ello no es fruto de ningún constructo cultural, sin embargo, lo que aquí hemos analizado son los efectos de la publicidad que marca como prototípico de bello un único modelo masculino, generando en toda la población una expectativa imposible de alcanzar, tanto para el hombre que quiere encajar como para la mujer que desea un hombre así.

Bibliografía

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