El odio y el poder del amor

La inmensa mayoría, cada uno en su medida y según su disposición, siente odio por algo o por alguien, al menos en algunos momentos o situaciones de la vida. Este odio es uno de los síntomas de nuestra imperfección y puede identificarse, sobretodo, con el pecado de la ira.

¿Se puede odiar justificadamente? Según las circunstancias, parece ser que sí. Sin embargo, el ego, entendido como nuestro yo orgulloso y colmado de pecados, que parece que justamente tiene su derecho a reivindicarse, impide comprender algo subyacente.

Aquel que es malo, que odia, que transmite maldad, que busca el daño de los demás, padece en sí mismo el peor de los males: el infierno interior.

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Entrevista a Elisabeth Josephs-Serra, maestra de una antigua danza tántrica para mujeres

Tengo 54 años. Nací en Barcelona y vivo entre la Costa Brava y Devon (Inglaterra). Casada, tengo dos hijos. Soy máster en Psicosíntesis. Es necesaria una política que una y no que separe. He tenido muchas creencias y lo que me queda es la experiencia, esa es mi guía.

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Qué nos pasa a las mujeres?
Que hemos perdido nuestro auténtico poder. Durante milenios hemos seguido el modelo de la sumisión.

Eso ya pasó.
Estamos en el mundo cultural, económico y político, pero imitando y actuando desde el poder reconocido, que es el inmaduro masculino.
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Muestras de amor y amistad en los animales

Este post no quiere ser sensacionalista y es muy importante que quede bien claro. Me siento obligado a presentar este escrito como algo completamente excepcional dentro de este blog porque no puedo evitar vivir estas palabras como algo profundamente personal. Y es que dos valores fundamentales inspiran mi vida: la sabiduría y el amor. La sabiduría me eleva, me ayuda a comprender la unidad de la existencia. Pero es el amor el que me da el impulso para aceptar la multiplicidad que está por todas partes, para aceptar la realidad tal como es con todas sus debilidades e imperfecciones, para aceptar lo que hay de particular en cada momento, y para querer compartirla…

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Las relaciones codependientes: ¿amamos o dependemos?

Las relaciones codependientes (apego afectivo) son relaciones adictivas que se alejan mucho del amor. La persona dependiente se diluye en la otra perdiendo de vista sus ideas, valores, proyectos, y, en definitiva, su individualidad.

No debemos confundir el amor con la dependencia afectiva. Es esto precisamente lo que ocurre en muchas relaciones de pareja, amistad, etc.  El miedo a la pérdida, al abandono y a muchos otros aspectos hacen nacer relaciones amorosas adictivas e, incluso me atrevería a decir, enfermizas.

En principio no hay nada de malo en amar a una persona hasta el punto de que se haría cualquier cosa por ella mientras que ese “hacer cualquier cosa por ella” no afecte de ninguna manera ni a la identidad de cada uno, ni a los principios, ni a las metas ni a lo que es cada uno esencialmente.

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Catalepsia (1ª parte)

Era domingo, al fin… no tenía que abrir el bar a ingentes horas de la mañana y podría dormir hasta que mi inconsciente se hartara de mí. No obstante, algo arruinaba la posibilidad de una paz absoluta. Aunque me encantaba dormir abrazado a Rebeca, la notaba mirándome fijamente, observando cómo dormía. Seguro que llevaba un buen rato. Siempre lo hacía. Recuerdo que una mañana de primavera, cuando descubrí aquel extraño hábito, me sobresalté al límite del infarto y no era para menos… abrir los ojos y encontrármela a un palmo y medio con aquella sonrisa de tonta enamorada. A esa distancia parecía tener la cara totalmente desfigurada, como en un espejo cóncavo.

Antes de abrir los ojos recorrí mentalmente mi apreciada biblioteca alejandrina en búsqueda de alguna frase romántica que seguro que podría utilizar en un momento en el que la lluvia de fondo masajeaba mis todavía ensoñecidas neuronas, en el que el calor de su cuerpo me deshacía en olvidos, en el que el olor de su aliento me instigaba a besarla y así, a descubrir mi dormir simulado… Nuestros cuerpos desnudos estaban engrasados por el sudor del otro, el interior del edredón era una auténtica sauna pero, a pesar de ello, cuanto más húmedo estaba todo más la sentía en mi interior. Tenerla pegada de esa manera era lo único que me hacía verdaderamente feliz.

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El mal del odio

(Este post puede entenderse mejor en el marco del post que enlazo a continuación: http://wp.me/pIkeR-1V)

Se puede decir que todos somos malos (o imperfectos) en cuanto que todos nacemos bajo el estigma del pecado original, desafiados por el reto de no necesitar nada y ser perfectos.

La inmensa mayoría, cada uno en su medida y según su disposición, siente odio por algo o por alguien, al menos en algunos momentos o situaciones de la vida. Este odio es uno de los síntomas de nuestra imperfección y puede identificarse, sobretodo, con el pecado de la ira.

¿Se puede odiar justificadamente? Según las circunstancias, parece ser que sí. Sin embargo, el ego, entendido como nuestro yo orgulloso y colmado de pecados, que parece que justamente tiene su derecho a reivindicarse, impide comprender algo subyacente.

Véanse las consecuencias que esto tiene para contemplar el ser:

Aquel que es malo, que odia, que transmite maldad, que busca el daño de los demás, padece en sí mismo el peor de los males: el infierno interior.

Conscientemente, esto se entiende como un estado anímico de malestar grave y, a un mismo tiempo, agudo. Es un profundo sentimiento de insatisfacción e inarmonía consigo mismo y con el entorno. Inconscientemente, esto se entiende como lo que ocultamente decide por nosotros. Esto compromete al yo pues representa un impedimento para afrontar libremente las ocupaciones del alma.

De la misma forma: el descontrol, el nulo conocimiento de mis miedos, mis caprichos, mis límites, mi incapacidad para adaptarme al cambio, a lo inesperado y a lo imposible, hacen de mí un ser que no es, un ser superficial no liberado del ego que exilia mi verdadero ser. De hecho, mi falta de capacidad de transformación es mi estancamiento y, en muchas ocasiones, es mi fuente de odio para y hacia los demás.

Jalaud Din Rumi escribió en el Masnavi un capítulo titulado Hasta que el hombre no destruye el “ego” no es un verdadero amigo de Dios y dice así:

 

Una vez un hombre llegó y llamó a la puerta de su amigo.

Su amigo dijo, “¿Quién eres, Oh fiel?”

Él dijo, “Soy yo”. Su amigo respondió, “No hay admisión.

No hay lugar para el “crudo” en mi fiesta bien cocida.

¡Nada sino el fuego de la separación y la ausencia

puede cocer al crudo y librarle de la hipocresía!

Puesto que tu “ego” aún no te ha dejado

debes arder en feroces llamas.”

El pobre hombre se alejó, y durante todo un año

viajó ardiendo de dolor por la ausencia de su amigo.

Su corazón ardió hasta que estuvo cocido; entonces regresó

y se acercó a la casa de su amigo.

Llamó a la puerta con miedo y turbación

de que alguna palabra descuidada pudiera caer de sus labios.

Su amigo gritó, “¿Quién está en la puerta?”

Él respondió: “¡Eres Tú quien está en la puerta, Oh Amado!”

El amigo dijo: “Puesto que éste soy yo, déjame entrar,

no hay lugar para dos “Yos” en una casa.”

 

El poder del amor

El amor juega un papel clave a la hora de pretender comprender -y ayudar- al odioso. Compadecerse de alguien así estando uno mismo en condiciones tan débiles, como causa la susceptibilidad de abrirse de corazón, es complicado si el ego está por el medio porque, por éste, se tiende a pensar en uno mismo y no en la desgracia del odioso.

El amor permite adentrarse en el otro, percibiendo su angustia, su infierno. Esto no significa que el otro quiera nuestro amor. El amor permite conocer al otro, en la medida de lo posible, por lo que sensorialmente puede percibirse, ya sea a través de los sentidos (sus gestos, su olor, su voz rasgada, sus rasgos), ya sea a través de la antipatía que inspira o de sus palabras destructoras, etc.

Esto, logrado con amor incondicional, permite sintonizar con el odioso. Dedico unos versos que espero que sean reflejo del fenómeno del poder del amor en relación a su acceso transparente al ser. La situación es la siguiente: El filántropo junto al odioso. El filántropo se introduce en -o deja que se introduzca en él- el ser interior e infernal del odioso y llora, profundamente desesperado, la desgracia de su acompañante -el odioso- quien, entretanto, no deja de asaetar al buen filántropo con burlas hostiles, crueles, buscando así su mal.. Y así el filántropo expresa, en primera persona, su experiencia:

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Lloro por su desgracia,

no dejo de derramar lágrimas,

de pena, de compasión.

 

La tragedia vivida por mis sentidos y mi entendimiento

es vista por el odioso

como la muestra de su triunfo.

 

Y ante ello se jacta. Porque ha ganado la guerra.

Sin embargo, algo arruina sus carcajadas.

 

Lloro y,

desde mi amor,

hago la guerra, su guerra pírrica.

 

Justifico,

con máxima atención a mi interior dolorido,

mi tragedia.

 

Y a cada palabra jadeante,

al odiado se le añade una nueva expresión de terror.

 

La autocompasión que siempre se había negado,

que había sufrido, al menos,

en la más íntima soledad,

en la oscuridad y en la vergüenza,

está siendo ahora explicitada, con la sinceridad más indudable,

con la elocuencia más cegadora.

Estos últimos versos muestran un ejemplo del poder del amor y es totalmente extrapolable a cualquier objeto que quiera conocerse. Intuitivamente puede concluirse que mientras hay amor hay acceso al ser y, por lo tanto, saber[1]. En mi opinión, el amor hace al sabio infinitamente poderoso y ello produce importantísimas transformaciones[2] por derredor suyo y no sólo en su pensamiento.

Por supuesto, todo esto supone recorrer un camino angosto que empieza en la propia cotidianidad. En este entorno, un atento examen de uno mismo desvela enseguida la cantidad de imperfecciones a ir trabajando con sabiduría, paciencia y predisposición a aprender de los errores. Que por cierto, imperfecciones que nos parecerán no tener mucha importancia. He aquí la dificultad y la soledad del camino.

 

Y quiero concluir este trabajo con un relato de Gibran titulado El astrónomo:

 

A la sombra de un templo, mi amigo y yo vimos a un ciego sentado solo. Mi amigo dijo:

-Mira ahí al hombre más sabio de nuestro país.

Dejé a mi amigo y me aproximé al ciego, lo saludé y conversamos. Después de un tiempo le dije:

-Perdona mi pregunta, pero ¿desde cuándo eres ciego?

Respondió:

-Desde mi nacimiento.

Dije:

-¿Qué sendero has recorrido para llegar a la sabiduría?

Me respondió:

-Soy astrónomo.-Puso la mano en el pecho y agregó-: Observo todos esos soles, y lunas y estrellas.


[1] De hecho hay estudios científicos en los que se han mostrado indicios de que cuando se ama nuestro cerebro funciona utilizando más su potencial con lo que aumentan las capacidades cognitivas.

[2] No en el sentido de Karl Marx sino en el sentido de que cuando cambiamos, el mundo lo hace con nosotros.

El asombro ante el ser en Oriente

Introducción

La cuestión del asombro ante y por el ser antecede cualquier formalidad racional. Es por ello que al tantear unos pocos poetas orientales místico-religiosos, prontamente nos empapamos de ejemplos sobre tal sobrecogimiento.

Una de las peculiaridades más significativas que caracterizan este asombro es la receptividad que requiere y que resulta del impacto del ser en nuestra consciencia. Impacto desorientador por un ser que no puede ser ubicado ni en el espacio ni en el tiempo sino en todo el espacio y en toda la eternidad, donde no hallamos puntos de referencia, sólo un continuo estado de admiración inefable como cuando Dante, en su Divina Comedia, culmina su viaje contemplando a Dios.

Podemos decir que cuando una acción culmina su intención deja paso a la no-acción, al no-hacer, donde no hay, en la voluntad responsable, ni movimiento ni dirección (finalidad), sólo un estado sublime de gozo y plenitud. No obstante, este estado puede darse no sólo como efecto del hacer sino también, y esto es lo más interesante, como efecto de contemplar el ser.

El no-hacer como camino hacia el ser cobra así su sentido, su pertinencia. Lao Tse[1] fundamenta su Tao te King en esta concepción.

Por el estudio se acumula día a día.

Por el Tao se disminuye día a día.

Disminuyendo cada vez más

se llega a la no-acción.

Por la no-acción

nada se deja sin hacer

El mundo siempre se ha ganado sin acción.

La acción no es suficiente para ganar el mundo.

 

 Cuando se observa y se contacta con el ser (Tao[2]), lo que supone ganar el mundo, el sujeto queda absorto, vacío, dejado a la intemperie, entregándose al Todo. Este no-hacer (Wu-Wey) no debe entenderse por pasividad o quietismo sino como carente de intención o, dicho de otro modo, como un estado de subordinación estoica al mundo[3]. Así pues, recuperando el sentido originario del no-hacer taoísta, hablamos de no-hacer haciendo (wey-wu-wey) al modo de un botánico amante de las flores que, moviéndose alrededor de una gardenia, observa receptivamente.

El ser por y para el ser humano

El asombro que nos atañe nace de la relación, fundamentalmente vital, del ser humano con el Todo. Por ello no es de extrañar que una ética incondicional y comprometidamente abierta con la existencia sea la disposición que se exija al filósofo que pretenda hablar acerca del ser. Nos hallamos en un estadio intencional desinteresado y sentimental de amor al saber, de admiración por el ser, anterior[4] a toda cultura, a todo lenguaje y a toda razón.

El Tao que puede ser expresado

no es el verdadero Tao.

 

El nombre que se le puede dar

no es su verdadero nombre.

 

Sin nombre es el principio del universo;

y con nombre, es la madre de todas las cosas.

 

Desde el no-ser[5], comprendemos su esencia;

y desde el ser, sólo vemos su apariencia.

 

Ambas cosas, ser y no-ser, tienen el mismo

origen, aunque distinto nombre.

Su identidad es el misterio.

 

Y en ese misterio

se halla la puerta de toda maravilla.

 

Sin forzar demasiado, lo cual es difícil, nuestro propósito en este trabajo nos recuerda a Heiddeger cuando advierte, en Ser y tiempo, que el concepto de ser, por ser el más universal, se resiste a todo intento de definición. Luego está, además del problema de la generalidad o universalidad, el problema de la dificultad para despegarse del ser. Esto imposibilita contemplarlo desde diferentes perspectivas dado que el ser, como dice Hegel, es lo inmediatamente indeterminado.

Aún pareciendo que la aprehensión del ser fuera la más evidente por ser la más común e inmediata, ésta ofrece inevitables problemas.

La naturaleza del ser exige, si se quiere aprehender, liberarse y escapar de lo meramente mundano o corporal, para así “empatizar”[6] y sincronizarse en un plano espiritual, eléctrico y magnético, unitario, a “años-luz” de la multiplicidad del mundo terrenal. Se trata de un mundo diferente a lo particular y que, como la luz blanca, fundamenta todos los colores. En boca del poeta místico sufí Jalaud Din Rumi[7] autor del Masnavi:

 

¿Cómo puedes ver el rojo, el verde y la escarlata,

a no ser que primero veas la luz?

Cuando tu vista está deslumbrada por los colores,

estos colores velan la luz.

Pero cuando la noche vela esos colores,

percibes que esos colores sólo se ven a través de la luz,

así ocurre con los colores mentales en tu interior.

Los colores exteriores nacen de la luz del sol y las estrellas,

y los colores interiores nacen de la Luz de las alturas.

La luz que ilumina el ojo es también la Luz del corazón;

la luz del ojo procede de la Luz del corazón.

Pero la luz que ilumina el corazón es la luz de Dios

que es distinta a la luz de la razón y del juicio.

 

Otra de las propiedades a tener en cuenta a la hora de pensar la naturaleza del ser es la autonomía de éste. El carácter autosuficiente del ser parece que impide observarlo interesadamente puesto que el ser nada necesita de nosotros y nada tiene que pueda interesarnos pues todo lo que nos puede dar ya nos lo da. Volviendo a Lao Tse:

El hombre sigue la ley de la tierra.

La tierra sigue la ley del cielo.

El cielo sigue la ley del Tao.

El Tao sigue su propia ley

Es asombroso, nunca mejor dicho, observar la infinita capacidad de adhesión del ser pues está en todo sin estar preso de nada en particular. Es compatible con todo, puede unirse con todo aún sin necesitarlo. Por ello creo que puede relacionarse, por compartir tantos puntos en común, con el amor, aún diferenciándolos puesto que el ser es un concepto universal y el amor es una facultad del ser humano. El poeta libanés Gibran Khalil Gibran[8], en su famosa obra El profeta, escribe:

 

El amor no da más que a sí mismo,

y no recibe sino de sí mismo.

El amor nada posee y nadie puede poseer el Amor,

porque el Amor se conforma con el Amor mismo.

 

 

El amor como vía de acceso al ser y de destrucción del yo encerrado en el cuerpo

Entender el amor como unión (o capacidad para unirse) nos ayuda a entender el poder del amor como relacionante con el mundo o para el caso, con el ser. El buen filósofo, como amante del saber, será aquel que sepa relacionarse más amplia e íntimamente con el mundo y para ello será necesario compartir, en la medida de lo humano, la autosuficiencia e integridad del ser. De ahí el contemplar como lo contrario al producir o utilizar interesadamente. Se trata de divinizarse, de completarse y no necesitar nada de nada, o, como Dios se presenta en el Éxodo, de ser el que se es.

Es la historia más vieja del mundo: el camino hacia la perfección es poder (merecer), no sin grandes sacrificios, vivir desapegado de las pasiones que producen las necesidades del cuerpo y que, como los colores referidos en el Masnavi, velan la luz del alma. Todo siempre encaminado a ser amor, a ser capaz de unirse con todos los rincones del mundo.

El ser perfecto al que todos aspiramos no está limitado por la piel de nuestro cuerpo. El ser perfecto está más allá de nuestros miedos, más allá del picor de nuestra piel.

Las necesidades más fáciles de reconocer son las ligadas a lo fisiológico por lo que es lógico que doctrinas especialmente espirituales hayan insistido en la necesidad de abstenerse del comer, el sexo, las comodidades, etc. A un nivel menos físico encontramos otras necesidades como la de necesitar ser elogiado, apoyado, mimado, etc. La cuestión es superar los famosos siete pecados capitales (orgullo, ira, gula, lujuria, pereza, avaricia y envidia), esclavizadores del alma, que obstaculizan experimentar el asombro en su pureza.

El antídoto, como quiero y he querido subrayar, se halla en el amor, el cual, al compararlo con el Tao, se observa, cada vez más, la similitud de este sentimiento con el ser. Jalaud Din Rumi escribe:

 

Cuando nos enamoramos sentimos vergüenza de nuestras palabras.

La explicación de la lengua aclara la mayoría de las cosas,

pero el amor inexplicado está más claro.

Cuando la pluma se precipitó a escribir,

al alcanzar la cuestión del amor se partió en dos.

Cuando el discurso tocó el tema del amor,

la pluma se rompió y el papel se rasgó.

Explicándolo la Razón se queda clavada, como un asno en el barro;

¡Nada sino el mismo Amor puede explicar el amor y los amantes!

Nada sino el sol puede mostrar el sol,

si lo vieras manifestado, no te apartes de él.

Las sombras, verdaderamente, pueden indicar la presencia del sol.

Pero sólo el sol despliega la luz de la vida.

Las sombras inducen al sueño, como las conversaciones de la tarde,

pero cuando el sol se eleva la luna se parte en dos.

 

Vemos, pues, cómo el Tao del segundo fragmento transcrito del Tao te King y el amor descrito aquí comparten, entre otras propiedades, la imposibilidad de ser expresados por el lenguaje.

(Este post tiene una segunda parte en https://transformandoelinfierno.wordpress.com/2010/01/11/el-mal-del-odio/)


[1] S. VI a.C. In-hsi, guardia de la frontera de Han-ku, al reconocer en un viajero a Lao Tse, quien se disponía a abandonar definitivamente el mundo conocido, le rogó que antes de partir dejara un resumen de sus enseñanzas. Lao Tse condescendió al deseo, y descendiendo de su cabalgadura, dictó al guardia un texto en el cual expuso la totalidad de su pensamiento. Luego partió y nada más se supo de él. De este modo había compuesto el Tao Te King, texto básico del taoísmo.

[2] Originariamente Tao se traduce por camino, sin embargo traduzco Tao por Ser porque para el taoísmo no hay nada superior al Tao y es el camino que nos abre la realidad y nos libera de lo que parece ser y no es.

[3] En el Taoísmo se recurre a la figura del niño como figura ausente de prejuicios lo que nos puede recordar el tercer estadio del proceso hacia el superhombre que F. Nietzsche describe en su Así habló Zaratustra.

[4] Etapa previa a cualquier contenido de nuestro entendimiento, es decir, es el fenómeno epistemológico del acceso al contenido, por lo que cualquier contenido previo no haría sino filtrar o interceptar este acceso.

[5] No es el no ser en sentido absoluto de Parménides sino que se refiere a la necesidad de que nuestro ser se vacíe de contenido. Precisamente Aristóteles piensa que nuestra alma, para hacerse todo, tiene que ser nada.

[6] “Empatía”, para la Real Academia de la Lengua Española, es la “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”. Con “empatizar” pretendo expresar la acción, por parte de un sujeto, de identificarse esencialmente con todo aquello que le rodea.

[7] Nació en Balkh (Afganistán) en 1207 y murió en 1273 en Konia. Empleó 43 años en escribir esta obra. Durante los últimos setecientos años, este libro, llamado por los iraníes El Corán en persa, ha ocupado el lugar central del sufismo.

[8] Poeta, filósofo y artista, nació en el Líbano en enero de 1883.