El valor del esfuerzo: ¿Qué podría aportar el coach en la escuela?

1368793042_628150_1368797428_noticia_grandeIntroducción

La idea básica del artículo es analizar un hecho que me preocupa: la profunda crisis del valor del esfuerzo en los jóvenes. La procrastinación, así como otras formas de pereza y pérdida de tiempo, se erige así como uno de los problemas fundamentales de nuestra población más joven.

Por lo tanto, tenemos entre manos un fenómeno social que afecta a muchos individuos y que creo que es consecuencia de la sobreprotección de los jóvenes, de un mercado laboral sin un lugar aparente para ellos y, sobretodo, de una educación obsoleta. ¿El resultado? Generaciones con dificultades diferentes a las dificultades de nuestros padres y abuelos. Nuevos retos para nuevos tiempos.

Pienso que este tema, muy complejo y controvertido, puede abordarse desde diferentes disciplinas como la sociología, la pedagogía o la psicología. Por ejemplo, un análisis desde el marco teórico de McClelland -sobre la motivación por el logro, la afiliación o el poder- nos aclararía muchas dudas pues seguramente podríamos constatar que la motivación por el logro está cada vez más ausente. Ahora bien, ¿qué planteamientos se podrían hacer desde el coaching?

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1. Un modelo para comprender el esfuerzo

 

¿Qué es el esfuerzo?

¿Cómo lo explicarías a partir de la imagen?

El esfuerzo es lo que hacemos para lograr un objetivo. Es una acción que nos lleva, a través de un proceso donde encontramos dificultades, hasta el logro de un objetivo.

¿Y ahora, después de leer la definición, cómo explicarías la imagen? ¿Igual o diferente a la primera vez que lo pregunté?

¿Qué elementos te parecen los más relevantes? ¿Cómo los ubicarías en la imagen?

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1.1. El objetivo, la clave de la motivación

¿Qué es un objetivo?

¿Te parece que está correctamente representado en la imagen (en amarillo)?

Un objetivo es una idea que no es real (es subjetiva) pero que estamos dispuestos a que lo llegue a ser (a que llegue a ser objetiva).

Todos los objetivos tienen implícitos unos beneficios que son los que nos motivan. Y si estos beneficios no nos interesan entonces no habrá motivación.

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1.2. El proceso, el camino de realización

¿Qué es un proceso?

¿Te parece que está correctamente representado en la imagen (en amarillo)?

¿Qué relación crees que guarda con el objetivo?

Cuando definimos un objetivo, inseparablemente necesitamos definir un camino que nos conducirá al fin deseado: el proceso.

Todo proceso se compone de un punto de partida y de diferentes pasos que conforman el camino. Desde un punto de vista puramente pragmático, una de las características básicas del proceso es que muchos de estos pasos pueden comportar, de forma imprevisible, grandes dificultades a superar.

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2. Los jóvenes

Estoy especialmente interesado en dos tipos de jóvenes y en su particular modo de plantear objetivos y de gestionar los procesos.

Por supuesto, por mucho que presente las siguientes observaciones como generalizaciones fruto de mis lecturas y experiencia en consulta, no son más que mi punto de vista. Diré más, yo mismo soy joven y pienso que en alguna medida formo parte del segundo tipo de jóvenes (los idealistas). Así pues, espero que mis palabras sean acogidas con cariño pues sólo tengo el propósito de informar, a modo de síntesis, aquello de lo que he sido testigo.

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2.1. Los jóvenes ni-ni

Por un lado, están los jóvenes que se plantean muy pocos objetivos: la generación ni-ni propiamente dicha, generación que actualmente ha quedado disimulada por el alto nivel de paro pero que se caracteriza por no querer trabajar ni estudiar.  Cuando hablo con un joven de este grupo y pregunto por sus objetivos suelo encontrarme con respuestas que cualquiera juzgaría como propias de alguien con una profunda falta de confianza. Y es entonces cuando empiezo a topar con una variopinta y curiosa multiplicidad de causas. Algunos ejemplos son la sensación de falta de preparación y/o experiencia; la falta de conocimiento y seguridad en las propias habilidades o la autolimitación por tener instaladas algunas creencias negativas e inconscientes respecto a lo que es posible, la responsabilidad, la perseverancia, la disciplina, la ambición, el éxito, la iniciativa, la humildad o el fracaso.

Como resultado de todo esto, este tipo de jóvenes evitan los grandes retos lo cual los sumerge en dos estados emocionales que fueron bien definidos por el marco teórico de la teoría de flujo del Dr. Mihaly Csiksentmihalyi: la apatía y el aburrimiento. Y es una pena… ¡porque muchas veces estos jóvenes serían capaces de mucho más!

Pienso que es la sensación de no estar actuando persiguiendo un objetivo propio lo que les sume en esta actitud de desgana. Y es que sin un objetivo propio y sin el hábito del sacrificio, el esfuerzo necesario para avanzar hacia cualquier objetivo se hace inhumano. Nada podría ser más difícil.

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2.2. Los jóvenes idealistas

Por otro lado, están los (exageradamente) idealistas, es decir, los que se plantean grandes objetivos sin apenas sentido de la realidad. Son la inspiración del autor del cuento de la lechera: mucha motivación y poca acción.

Estos jóvenes aspiran a llegar a ser astronautas siendo asmáticos o sin sospechar que esto supondrá una formación técnica y física muy exigente. Como decía antes, al definir un objetivo se hace necesario un camino, pero los idealistas suelen percibir que este camino es más corto o más fácil de lo que realmente es.

Por consiguiente, al tener la mente constantemente en el ideal y en el futuro no se dan cuenta de que la realidad del presente exige ser gestionada. Sobre este tipo de jóvenes podría decir muchas cosas (positivas y negativas) pero lo que me gustaría subrayar es lo que pienso que es para ellos el aprendizaje personal más difícil: aprender el arte de superar obstáculos. A la mayoría les cuesta aprender a ser perseverantes, resolutivos, a ser flexibles con el camino, a no encapricharse con un camino en concreto… ¡hay muchos caminos que llevan a Roma! De lo contrario puede ser problemático porque se estancan o se entretienen demasiado con cosas secundarias. Además, la mala gestión de las expectativas y emociones suelen ser causas suficientes para abandonar el objetivo.

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3. Una reflexión políticamente incorrecta

El valor del esfuerzo supone comprender, entre otras cosas, que no todo lo que hacemos tiene que apetecernos, por muy motivados que estemos. Es así como se perfila la dicotomía “lo que me apetece hacer/lo que debo hacer”, dicotomía que esconde otra importante dicotomía: “actuar en busca del beneficio a corto plazo/actuar en busca del beneficio a largo plazo”.  

En el pasado se tenían muy interiorizadas estas dicotomías (¿quién no recuerda la metáfora de la semilla que con el tiempo da sus frutos?) pero que hoy parece que están en crisis porque quizás todo lo relacionado con la disciplina y el poner límites recuerda a la España más represora. Y es que actualmente los jóvenes consumimos una cultura impregnada de valores a favor de la libertad, la inmediatez, la individualidad, la tolerancia, etc. valores que son percibidos como incompatibles con la disciplina, el respeto a la autoridad, la responsabilidad, etc.

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4. El coach como orientador y algo más

De la lectura de Howard Gardner, Maria Montessori, John Biggs, Edgar Dale y José Antonio Marina, entre otros, he extraído, aparte de una opinión crítica hacia el sistema educativo actual, lo que yo creo que son algunas claves para entender lo que un coach podría aportar en las escuelas:

Primero, el coach podría darle al alumno herramientas para su autoconocimiento. Por otro lado, al profesor o al tutor podría darle pautas para ofrecer al alumno una trato verdaderamente personalizado. Por cierto, hablando de idealismo, actualmente no hay nada más lejos de la realidad que poder ofrecer atención a la diversidad individual de los alumnos.

Segundo, el coach podría desarrollar en los alumnos habilidades relacionadas con la creatividad, la deliberación, la autoevaluación y la reflexión.

Tercero, el coach podría enseñar a los alumnos a aprender a aprender, es decir, a adquirir autonomía a la hora de aprender.

Cuarto, el coach podría enseñar a gestionar emociones. Y esto significa aprender tanto a saber inhibir como expresar emociones, tanto a verbalizarlas como callarlas, tanto a comprenderlas racionalmente como a dejarlas fluir.

Quinto, el coach podría enseñar a aprender de los éxitos y los errores. Y esto significa fomentar el esfuerzo y, a la vez, la tolerancia al fracaso. Y ello calibrando bien los feedbacks positivos y negativos pues se trata de que aprendan mientras mantienen un alto grado de autoconfianza.

Sexto, el coach podría desarrollar en los alumnos habilidades sociales así como el compañerismo, el liderazgo, la empatía, la toma de decisiones, la asertividad, etc.

Séptimo, el coach podría enseñar a planificar objetivos y a comprometerse con su ejecución.

Y octavo, el coach podría enseñar al profesor que sobretodo se aprende de la práctica, de la acción, de la aplicación de la teoría en contextos que simularan la realidad.

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