Lewik y Estela*

*Cuento de ciencia ficción escrito en el 2001

La Tierra. 20 de Diciembre de 4048 d.C.

Diferentes imperios dominan toda la Galaxia.  

La Humanidad es una de ellas y se encuentra en guerra con otra civilización.

Lewik Scoth es un diplomático con máximo poder ejecutivo,

especializado en negociaciones entre civilizaciones.

No quise repudiarlo, pero lo hice… me acababan de informar que mi viejo compañero de viaje interestelar, con quien había recorrido millones de años luz de antimateria más allá de la periferia imperial, se había convertido en un desdeñoso sicario. Me temo el porqué. La guerra no llegaba a su fin y cuando parecía acabar acometía con más violencia. El fragor del pasado me anegaba el cuerpo de odio, sin embargo a medida que transcurría el tiempo podía sentirme valiente y con fuerzas para lo que fuera. La guerra no podría acabar conmigo, la muerte no la aceptaría jamás, a no ser que me atasen en una nave de las fuerzas del Imperio Galáctico en lo más alto de la cofa norte y utilizaran todos los nervios de mi cuerpo para poderme columpiar debidamente.

Decidí bajar al piélago. Necesitaba reflexionar y no había tiempo. Quería llorar y tampoco tenía tiempo. Quería entrar en contienda con el mundo ventrílocuo pero no había tiempo. Fijé la vista un instante. ¿Dónde? No sabría decirlo, la incertidumbre era importante. El mar. El celoso mar que me atisbaba con orgullo. Éste ansiaba serlo todo: agua, aire, tierra y fuego. Con su agua cristalina se podía apreciar la arena glauca y raramente tersa. Además, en pleno invierno reposaba como un lago y parecía un espejo puesto en horizontal, lábil, superpuesto al fondo de arena. El agua reflejaba un cielo de atardecer, invernalmente abrasador, demasiado rojo, tan rojo como el fuego. Aquel cielo teñido de mala sangre auguraba, muy a lo lejos, en el límite del horizonte, miles de kilómetros de suelo desquebrejados y el infierno conquistando la superficie de una vez para siempre. Así pues, el mar había conseguido concentrar en una sola mirada el paraíso y el infierno, el mar y el cielo, la belleza y mi desesperación.  ¡Estaba el mar tan orgulloso de ello! ¡Lo había conseguido! ¡Lo era todo!. Tenía la absoluta certeza de que si algún insensato intentara romper con una simple piedra esa perfección, el mar desobedecería cualquier principio universal y la piedra lanzada reaccionaría en el agua como si impactase en un mar de cemento. De lo contrario, mi decepción me mataría. ¡Piedra maldita!Neuw Continue reading

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El frasco vacío

reagent-vial-borosilicate-glass-sterilizable-98155-3588767Un profesor en su clase de Filosofía, sin decir palabra, cogió un frasco grande y vacío de mayonesa y lo llenó con pelotas de golf.

Luego preguntó a sus estudiantes si el frasco estaba lleno y ellos estuvieron de acuerdo en decir que sí.

De nuevo, sin decir nada, el profesor cogió una caja llena de canicas y la vació dentro del frasco de mayonesa.

Las canicas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf. Continue reading

Historia de la Tierra

el hombre en el universoEstaba en la selva y la humedad lo sudaba todo. Por fin llegué a un poblado local y yo sólo pensaba en comer y descansar. Obtuve un lugar pacífico donde reposar durante días y noches, hasta ser capaz de pacificar también mi alma. Respiré y mi mente respiró. Me imaginé en la cálida noche de un oasis en el desierto, bajo el cielo estrellado, fusionado con los recuerdos de millones de años. Esta visión la mantuve y como tal la viví. Esto me pacificó todavía más, y entonces algo en mí imaginó un anciano. Dado que me sentía totalmente desorientado y confuso, quise preguntarle la hora, y así lo hice. El anciano respondió:

-¿Que qué hora es? Mira arriba, puedes saberlo tú mismo.

-Pero no sé… no sé ver la hora en el cielo… sólo sé que es de noche.

-Son las 2:30 a.m. Continue reading

Ego y budismo: la mano derecha y la mano izquierda

Magistral explicación en un minuto del Ego y su sistema mental reaccionario por uno de los grandes maestros Budistas comtemporáneos: Thich Nhat Hanh

Siguiendo con la metáfora de las manos, hace años escribí lo siguiente:

Vértigo siento si atisbo lo más allá de lo humano, el mismo aturdimiento que una hormiga sentiría si en algún momento tan solo intuyera las dimensiones de nuestro mundo. Socavar en nuestro mundo me cansa y despegar de él solo me ensorbece, al final siempre igual, riéndome sólo, sentado, entre el fuego cruzado de dos reinos celestiales, contemplando inflexo mi instante y mi neura. Continue reading

Fantaseando con las marabuntas

Desde hace muchísimos años fantaseo con las marabuntas. Siempre he imaginado una hipotética ciudad de miles de habitantes y de escasos recursos tecnológicos con siempre el mismo problema año tras año: las migraciones de millones de hormigas que, ansiosas por encontrar comida para sus larvas, arrasaban con la ciudad y aquellos habitantes que no hubieran escapado a tiempo. En mi fantasía juvenil imagino que de un gran problema así acabó surgiendo (en esa hipotética ciudad) una costumbre que consistiría en aguardar todos y todas a la marabunta lo mejor preparados posibles, para pisar y pisar hormigas sin parar, sin piedad, y siempre en perfecta sincronización con los demás ciudadanos. Sería algo muy emocionante, algo así como esperarlos todos en línea, en alguna llanura a las afueras de la ciudad, todos formados como en las antiguas batallas medievales, abarcando la máxima extensión posible, equipados quizás con un calzado especial para pisar mejor y mayor superficie.
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El viaje de Helena

Ésta es la fantástica historia de una joven de grandes y venustos ojos. Su mirada hechizaba a tantos hombres como distinguía y así había dejado en su pasado una estela ancha y revuelta de pretendientes y amantes, de amores y desamores. Esta particular mujer se llamaba Helena y no por casualidad. Su belleza, amor y sabiduría justificarían cualquier guerra.

Era una noche de verano. El cielo se mostraba denso, como una bóveda de cemento rojo anaranjado. Helena estaba en una terraza con sus amigos. Estaba contenta y se sentía muy bien por los estudios que acababa de finalizar aquella misma semana. No obstante, de forma inconsciente, había algo dentro de sí que la inquietaba y no la dejaba sentirse del todo libre. Una persona había aparecido en su vida y le había creado un interés y un apego que ella no quería ni esperaba en ese momento. Sentía una parte importante de sí que le pedía desapego, estar consigo misma, apegada a su alma, celosa de sí, abierta y acompañada por todo el universo, dispuesta a poder darlo todo, sin límites, sólo con posibilidades que pudiese controlar, sólo dispuesta a exponerse por un amor que pudiera sentir consumado.

Pasaron las horas y pasaron de la mejor manera posible. Después de hacer la payasa un buen rato, una sensación de agobio invadió su cuerpo y se despidió apresuradamente excusándose diciendo que había olvidado enviar un documento que su jefe le había pedido con urgencia máxima. No era cierto, pero sentía la llamada de un extraño magnetismo que la aguardaba en algún lugar de aquella ciudad. Así que empezó a caminar hacia su casa aunque sin destino. La lluvia la sorprendió y las gotas la inquietaron cada vez más. A cada gota que sentía, la sensación de estar prisionera en un callejón sin salida se multiplicaba por dos. Y así permaneció debajo de la lluvia durante más de media hora. La ansiedad se hizo insostenible y empezó a llorar sin encontrar consuelo. Sus lágrimas saladas se confundían con las gotas de la lluvia. No se podía diferenciar si era Helena quien llovía o las nubes quienes lloraban. Al final, un misterioso hombre de mediana edad, de cabello largo y ondulado se acercó y dijo con voz grave y aterciopelada:

-Helena, ¿Qué te pasa?

Al oír su nombre alzó la vista y contestó:

– Me siento muy mal y no sé qué tengo que hacer… ¿Quién eres?

– Soy tu Maestro. He venido para ayudarte.

Aquellas palabras pacificaron su alma.

– ¿Mi Maestro?

– Sí. Y voy a ayudarte. ¿Podrías cerrar los ojos?

Helena cerró los ojos y la lluvia cesó, pero el sonido de ésta seguía invadiendo toda la ciudad. Las luces de la calle, que traspasaban la finura de sus párpados, se fueron haciendo cada vez más tenues hasta que la oscuridad lo acabó abrazando absolutamente todo. A pesar de lo extraordinario de cuanto ocurría, Helena mantuvo la tranquilidad y siguió las indicaciones de aquel hombre que, sin ninguna duda, era su Maestro.

– Ahora, Helena, fíjate en la luz que subyace en la oscuridad. Mira la oscuridad y dime, ¿Qué ves?. Tómate tu tiempo – dijo su Maestro a la vez que el sonido de la lluvia también cesaba dejando aquel lugar en el más solitario de los lugares existentes.

– Veo infinitos puntos de luz que parpadean caóticamente, es imposible fijar la vista en ninguno de ellos.

– Muy bien, Helena. Es natural que veas estos puntos. Todo está en continuo cambio, incluso tú misma eres imposible de fijar con la mirada. Por favor, sigue mirando, adáptate al danzar de estos puntos.

– Ya…

– Y ahora, deja que esos puntos se fundan y empiecen a formar líneas, formas, siluetas… –hubo una larga pausa y silencio- y que esas siluetas empiecen a contener colores sepias… – una vez más, hubo una larga pausa y silencio- y que esos contenidos empiecen a diferenciarse en formas complejas de colores…

Y así, Helena empezó a diferenciar lo que parecía un bosque enorme y salvaje, muy verde, ¡podía verlo con los ojos del espíritu! no lo estaba viendo con los ojos de la imaginación. Ella sabía que eran dos formas de ver muy diferentes. ¡Era como si sus ojos físicos lo vieran! Era como si los ojos físicos y los ojos del espíritu colaboraran, vieran a la vez y vieran lo mismo. De repente, la emoción la colapsó y la imagen desapareció. Quiso abrir los párpados pero todo permanecía oscuro. La voz grave de su Maestro estaba ausente. No obstante, lo sentía cerca de sí. Helena sólo veía oscuridad, sólo escuchaba su propia respiración que se iba acelerando. Sensaciones contradictorias recorrían cada átomo de su cuerpo. De improviso, sobre ese fondo oscuro que lo rodeaba todo pudo percibir un flash todavía más negro. Realmente no lo vio, pero percibió su movimiento y la arrastró hacia el infinito. Vértigo y luego paz. Eso fue lo único que sintió.

Helena despertó como si lo hiciera por primera vez, como si aprendiera a hacerlo. Acabó tomando consciencia de que estaba en medio de un bosque y que era de día. Hacía sol y algunos rayos de luz lograban alcanzar su despertar. La vida habitaba cada rincón: árboles, arbustos, hierba, hormigas, ardillas, pájaros y… a pocos metros, una cabaña de teca. Helena no dudó en levantarse y entrar en ella sin ni siquiera llamar antes a la puerta.

Y ahí estaba él, su Maestro.

-¡Bienvenida!–y, acto seguido, se acercó a Helena y la abrazó con ternura.

Helena se sentó delante de él y se quedó en silencio. Su Maestro le dijo:

– Quieres hacerme una pregunta, ¿verdad? Una pregunta que jamás nadie haría. Una pregunta que crees que sólo yo sabré contestar.

Helena recapacitó con sorpresa. No había caído en la cuenta de que eso era cierto. Efectivamente, tenía una pregunta.

– Maestro, ¿quién soy?

– No puedo darte una respuesta por razones que ahora no podrías alcanzar a comprender. No obstante, te ofrezco algo mucho mejor. Te ofrezco que llegues a ser tú misma, aunque será un camino lleno de dificultades. ¿Estás preparada para partir?

– ¡Sí!- afirmó Helena llena de sereno entusiasmo.

Y así ambos salieron de la cabaña y se dirigieron bosque a través. Ella detrás de él, cabizbaja, observando la vida debajo y alrededor de sus pies. Él mirando de frente, con paso firme y ágil a la vez.

Así, finalmente, después de muchos instantes, llegaron a un río muy ancho y caudaloso. Al otro lado había un barquero de precaria barca. Al verlos se dispuso a cruzar el río para recogerlos. Helena observó que otras dos personas aguardaban cruzar el río. Era una abuela y su nieto de cinco años. Vestían como si todavía habitaran en la edad media. El niño, en la orilla del mar, tiró un palo que golpeó el pie de su abuela. La abuela le advirtió:

-Ten cuidado, si me das en la cabeza puedes hacerme daño.

Y el niño la contestó ilusionado:

-¡He tenido buena puntería!

El Maestro, que había estado muy atento de lo sucedido, empezó a reír a carcajadas, reacción que sorprendió mucho a Helena. No había para tanto, pensó ella.

El barquero llegó y dijo:

-Suban, suban. Yo transporto personas que quieran sortear el río y vosotros transportáis alegría y despreocupación. Hagamos un trueque, si os parece bien.

Los cuatro subieron a la balsa y el Maestro dijo a Helena:

-Como decía un filósofo alemán, la seriedad es cosa del tiempo, se produce por una hiperestimación del tiempo. Y, por suerte, nosotros tenemos toda la eternidad para llegar a nuestro destino.

Helena escuchó y no dijo nada, tan sólo pensó un instante en aquello y luego siguió observando y viviendo todo aquello. Se sentía muy alegre y no quería pensar demasiado.

La barca llegó al otro lado, justo en un lugar donde el agua no era arrastrada por la pesada corriente. Multitud de libélulas pululaban a ras del agua. Todos saltaron al agua que estaba fresquita y muy limpia. El sol calentaba y hacía muy agradable aquel baño. Pero el niño no se había tirado todavía y decía:

-¡Abuelaaaaaaa! ¡Que me tiro, que me tiro! –dijo el niño- ¡que me tiro!.

– Pero si no te atreves, no me creo que te vayas a tirar – dijo la abuela con aguda picardía.

– Me tiro, ¿eh?, me tiro.

– ¡A ver a ver! ¡Es que hasta que no lo vea no me lo voy a creer!

Y por fin el niño se tiró y todos rieron durante los momentos en los que estaba sumergido por la caída. Helena se sentía muy feliz y reía junto a su Maestro y el barquero. La abuela felicitó a su nieto por lo que había hecho y todos se dirigieron a tierra firme.

Antes de separarse, Helena se acercó al barquero y le agradeció el viaje. Entonces el barquero regaló a Helena una piedra blanca que parecía tener cráteres como la luna. Ella se guardó la piedra con gran ilusión y luego caminó hacia su Maestro que le esperaba para continuar el viaje.

Así caminaron por el bosque durante horas hasta que entraron en zona de montañas. A lo lejos divisaron una montaña especialmente alta. Era muy diferente a las demás, muy estrecha, verde y alta. Caminaron hasta llegar al pie de esa montaña. No había árboles en ella, sólo hierba e infinitud de helechos. El Maestro ladeó la montaña buscando el modo de subirla. Helena le siguió. Y así hasta que a los pocos pasos encontraron unas escaleras de piedra que se perdían en el cielo. El Maestro empezó a subir y Helena hizo lo mismo. Ella vivía todo aquello como un ritual místico. A medida que subían la sensación de vértigo era mayor. Las escaleras eran muy empinadas y daba la sensación de ascender muy verticalmente. Y así era. Una torpeza y la caída sería mortal.

Subieron escalón tras escalón, unos más anchos y altos que otros. Y cuando habían subido ya un millar de escalones, Helena bromeó diciendo:

-Buf… ¡Qué palo! Esto de las escaleras mecánicas aquí no lo pillan, ¿no?

Ambos se rieron y continuaron subiendo sin rechistar. Desde la altura, aquellos bosques parecían los propios de Japón. Proveniente de los bosques, Helena escuchaba el murmullo atronador de pájaros, fieras, viento y árboles moviéndose. Todo estaba colmado de ese murmullo lejano pero reinante. Después de muchos esfuerzos, llegaron a la cota de la montaña y allí había un pequeño templo de piedra gris. En medio de la entrada, en lo alto de la breve escalinata de cinco peldaños, se hallaba sentado un sabio sin barba blanca. El Maestro se acercó al sabio y Helena se apresuró para poder escuchar un diálogo que prometía ser interesante:

-Buenos días, ¡vives en un lugar precioso!- dijo el Maestro con inocente alegría. Pero el sabio tan sólo asintió con la cabeza.- Venimos de lejos para que esta mujer llamada Helena consiga ser quien es.

El sabio se levantó y se acercó a Helena. La examinó de cerca, dando vueltas a su alrededor. Le tocó la cara y le cogió de las manos. Helena estaba incómoda pero la mirada protectora de su Maestro la relajó y pudo confiar en aquel sabio que al final dijo:

-Los rápidos saciadores de espíritu, los que carecen de paciencia, vagabundearán por montañas de cimas bajas y sus ascensos serán lentos y torpes, pues permanecerán tuertos de un ojo y cada vez que levanten el bastón del cieno, la fuerte ventisca los balanceará siendo demasiado evidente, para sí mismos y los demás, su debilidad de espíritu.

Helena, por supuestísimo, replicó:

-No tengo ninguna prisa en saciar mi espíritu. Si no puedo en esta vida ya lo haré en las siguientes.

-Ai… los románticos… sois soñadores de la belleza de vuestro pasado- dijo condescendientemente cosa que molestó sobre manera a Helena…

Entonces, el Maestro intervino y dijo:

-Oye, ¿Tú qué sabes de ella? No buscamos nuevas doctrinas. Hemos venido para dialogar y aprender, no para que nos juzgues antes de habernos dado a conocer mínimamente.

– No hace falta más. Ya sé quiénes sois: simples humanos al fin y al cabo. ¡Además! ¡Cómo te atreves! ¿Sabes con quién estás hablando? ¡Cómo osas tutearme! ¡Debes tratarme con respeto! ¡Debes tratarme de “usted”!

-¿Trato de “tú” a Dios y pretendes que me dirija a ti de “usted”? Sabrás muchas cosas pero das por supuestas otras muchas más.

Y seguidamente, el Maestro se dio la vuelta, hizo una señal a Helena y se marcharon ambos por donde habían venido. A Helena le sorprendió la reacción de su Maestro pero no quiso juzgarlo.

-¡Qué pérdida de tiempo! ¿Para qué hemos subido un millón de escaleras?- estalló de rabia Helena.

El Maestro no contestó y se paró en un peñasco que sobresalía varios metros de la montaña y se adentraba en las alturas y el vacío del cielo.

-Acércate y siéntate aquí en el suelo, por favor.

Helena obedeció sin dudarlo.

– Quiero que medites mientras yo bajo a hablar con el bosque. Necesitamos ayuda si queremos seguir con nuestro viaje.

Helena meditó durante horas y llegó un punto en que su cuerpo pareció pesar tanto como su conciencia pesaba hacia su espíritu. Así que, poco a poco, sin percatarse, Helena empezó a levitar. Así estuvo durante una hora más o menos, sin noción del tiempo, concentrada tan sólo en el instante. Helena había dejado de escuchar el murmullo del valle que lo rodeaba todo y entonces decidió abrir los ojos, con la sorpresa de encontrarse flotando justo encima del templo del sabio de la cumbre. El sabio estaba observando, con los ojos abiertos y todos los músculos en tensión, intentando abrir la boca y decir algo que pudiera explicar aquello. Helena se asustó y descendió poco a poco hasta posarse encima del tejado.

El sabio quiso averiguar cómo lo había hecho pero Helena no supo qué contestarle. En ese momento comprendió que el error de aquel sabio era querer vivir la vida a través de las palabras y la soledad. Fatal combinación. Ella descendió de nuevo hasta el peñasco. Ahí estaba el Maestro con una compañía sorprendente: un águila gigante.

– He pedido ayuda y este águila se ha ofrecido a llevarnos hasta la costa. Quiero que vayamos a la playa.

– ¡Muchas gracias, Sr. águila! –agradeció Helena con una gran sonrisa.

El Maestro y Helena subieron a espaldas del águila gigante y alzaron el vuelo con suavidad. Durante todo ese fantástico viaje, Helena estuvo pensando sobre el sentido de lo que había ocurrido.

Llegaron a la costa. Era una playa paradisíaca. El agua era transparente y turquesa. La arena blanca y fina. Y estaba rodeada de una selva frondosa donde cada ser vivo era gigante. El Maestro y Helena despidieron con sendos abrazos al águila y se pusieron a caminar por la arena. Así anduvieron hasta el crepúsculo del atardecer y resultó que vislumbraron a lo lejos unas antorchas. Había mucha gente y se escuchaban tambores. Un hombre moreno muy atractivo y de mirada profunda fijó la vista en Helena. Ella se sintió atraída y se acercó a él. El Maestro se adentró en la selva y desapareció.

-Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida ¿De dónde vienes?

-De muy lejos, he estado viajando. Estoy buscando mi ser.

-Si te quedas conmigo, te ayudaré a encontrarlo.

Y estuvieron hablando brevemente hasta que Helena dijo:

-Bueno, me gustaría mucho quedarme contigo pero tengo que irme.

-Espero que no te olvides de mí.

-Yo sólo espero no olvidarme de mí misma.

-¿Pero no te gustaría amar a alguien como yo? ¡Venga! Anímate, ¡Yo estoy dispuesto a darte todo el cariño y todo el placer del mundo!

-Viéndote así… no, no me gustaría. Además, no me interesa si eso supone olvidarme; si eso supone confundir necesidad y deseo; si eso supone que me abraces con suficiente fuerza como para dejarme sin aire; si aquello que amo es prisionero de mi amor.

-No te entiendo. El amor permite completarte, realizarte por completo.

-Quizás sí, pero yo entiendo que el amor es a la vida lo que un solista es a la canción. Es decir, el amor hace la vida especial, permite vivirla con magia, amando la profundidad del instante, amagando y aguardando momentos irrepetibles e inesperados. Sin embargo, si este solo de guitarra se ausenta, no pasa nada. Lo importante sigue ahí: la base instrumental, es decir, la melodía, el estribillo, el ritmo de la percusión, etc. Haya amor o no, la armonía de la vida se mantiene. En estos momentos de mi vida estoy asegurándome de que la base instrumental de la misma sea sólida y, además, no siento que seas el solista que encajará con mi orquesta. Lo siento. En fin, debo irme.

Helena se levantó y se acercó a la orilla quedándose el muchacho muy pensativo y desazonado. Se sintió orgullosa y tranquila. En ese momento, el Maestro apareció, se acercó y le dijo:

-Ya queda menos para llegar al final de nuestro camino.

-Pues yo siento que apenas he divisado a lo lejos lo que podría ser el comienzo de este camino.

Caminaron bordeando la costa hasta que en un momento dado el Maestro empezó a correr hacia el interior de la selva.

-¡Corre!- espetó sin girarse- ¡Sígueme!

Helena se asustó y corrió tras él sin saber por qué corrían. De repente escuchó que alguien o algo los perseguía.

-¡No te gires! ¡No te gires! –dijo el Maestro con cierto grado de agresividad y desesperación.

Helena cada vez estaba más asustada. Corría esquivando árboles, piedras, troncos caídos, arbustos y zarzas, mientras su cuerpo se iba magullando. El terror estaba a punto de vencerla. El tener cerca a su Maestro era su único alivio, la única razón para creer que, si se esforzaba, habría esperanzas de huir de aquello que les perseguía, fuera lo que fuese.

Cuando Helena empezó a sentirse completamente agotada, el Maestro giró bruscamente a la derecha y milagrosamente halló un escondite: una pequeña cueva. En un principio, Helena creyó que era mala idea, una ratonera, pero la seguridad del Maestro era absoluta y por ello acabó confiando nuevamente en él.

Ya estaban dentro, completamente a oscuras. Se adentraron varias decenas de metros y guardaron silencio mientras miraban la entrada que rebosaba de luz. Una figura negra, iluminada a contraluz, indescriptiblemente aterradora, apareció de repente y permaneció completamente estática como si agudizara todos sus sentidos hacia el interior de la cueva para averiguar si sus presas se escondían allí. Helena empezó a temblar. Era algo infinitamente más horrible que una bestia. Aquel ente sería capaz del matar de la forma más ilógica e inesperada, estaba ávido de la agresión más loca y penosa. El Maestro también temblaba. Al final, aquel ser se alejó con pausada lentitud hasta que pareció haberse marchado por completo. El Maestro suspiró y dijo:

-Aquí estaremos a salvo.

De improviso, un ruido proveniente de lo más hondo de la cueva sobresaltó a Helena.

-No te preocupes –dijo en voz baja el Maestro- Ese sonido tan solo es la sombra del movimiento de un pobre loco. Vayamos a saludarle.

Empezaron a caminar hacia el fondo de la cueva. Ésta era estrecha, apenas dos o tres metros de ancho, pero muy profunda e iba curvándose hacia la derecha. Así caminaron hasta que vieron una pequeña hoguera. Un anciano enjuto y desnudo estaba danzando alrededor del fuego. Tenía una extraña belleza. Sonreía. Cuando se percató de la presencia de sus dos visitantes empezó a decir con voz suave y aguda:

-Bienvenidos a mi hogar. Hacía muchos años que no recibía una visita tan agradable.

Helena y el Maestro saludaron cortésmente y Helena descubrió que aquel hombre era invidente. A lo que preguntó:

-Disculpe, ¿Podría hacerle una pregunta personal?

El anciano gesticuló lo que parecía vagamente un asentir.

-¿Cómo se quedó ciego?

-Hace muchos años, no sé cuántos, una de las criaturas del diablo me persiguió por estos alrededores. Después de mucho correr y correr, me di por vencido. Aterrorizado a la espera de ser depredado de un modo infernal quise al menos evitar ver a mi verdugo y ahorrarme marcharme de este mundo con una insoportable visión para vidas y vidas de pesadillas. Por eso decidí tumbarme boca arriba y fijar la vista al sol hasta quemar mis retinas. El Astro-Rey fue lo último que vi. ¿No es algo hermoso? Una vez ciego, me levanté y corrí hacia mi perseguidor en un último acto de locura para así justificar mi cobardía. Pero… pero tuve que haberme desorientado porque acabé en lo hondo de esta cueva. Desde entonces, vivo aquí.

Y el anciano se puso a llorar desconsoladamente. Helena pensó que no había nada más triste que un anciano triste, solo, moribundo, que lloraba y lloraba lágrimas, lágrimas que salían de ojos que ya no servían para nada y cuyas arrugas angostas canalizaban aquellas lágrimas hasta la comisura de sus labios incoloros. Observaba al anciano angustiado, sacando la punta de su lengua insípida y humedeciéndosela de esa agua triste y salada. Y el anciano no dejaba de derrumbarse.

El Maestro susurró a Helena:

– Lo que ha conocido este pobre anciano pertenece a la esfera de lo imaginado. Para él no somos una cosa diferente a sus fantasías. Para él no somos reales. Si nos acoge con amabilidad y amor es porque cree que está dirigiéndose a sí mismo, que está aprendiendo a aceptar y amar todas sus partes. Pero seamos prudentes, el mal habita en su mente. Toda esta oscuridad sólo puede temerse por ser condición de movimiento del mal, por poder coartar el destino de estos pobres hombres y abocarlos a conocer horribles realidades, horribles existencias, horribles dimensiones. Vayamos con cuidado porque este hombre vive de forma permanente en la oscuridad y ha renunciado a la luz.

Helena sintió una compasión desbordante por aquel hombre. Tuvo el impulso de abrazarlo pero el anciano empezó a tomar una actitud diferente, empezó a enloquecer:

-¡Ni lo pienses! ¡Ni lo pienses! ¡Ni lo pienses!- gritaba con voz temblorosa.

-¿Que ni lo piense? ¿El qué? – preguntó Helena.

-¡Ni lo pienses! No pienses en la complejidad de mi tragedia, es inútil.

– Es muy simple. Estás muy solo y…

-¡Ni lo pienses! si fuera simple no sería una tragedia. ¡Vete de aquí! ¡Ya no eres bienvenida! ¡Largo! ¡Hueles mal!

-Son tus mocos, pedazo de zumbado –dijo el Maestro- Larguémonos.

Y Helena y el Maestro salieron de la cueva mientras que escuchaban al viejo romperse de desolación. Helena no supo cómo encajar la agresividad y la desgracia de aquel hombre. Una vez más, no se atrevió a juzgar  la reacción de su Maestro. Una vez fuera, por suerte, no vieron ningún rastro del extraño ser de pesadilla.

Caminaron y caminaron hasta salir de la selva. Un extenso desierto de piedras ardientes les separaba de su objetivo. La aridez de aquel lugar, el sol insoportable golpeando sus cabezas y el quemor en las plantas de sus pies desnudos, hacían imposible emprender ese último viaje.

-¿Y qué vamos a hacer?- dijo Helena.

-Querrás decir que qué vas hacer. Yo puedo caminar sobre este suelo abrasador. Te espero en el manantial de cristal.

Helena se quedó más petrificada que aquel desierto. Su Maestro se fue empequeñeciendo en el horizonte y cuando sólo fue un punto y el silencio fue absoluto, rompió a llorar y se sintió desgraciada con su llanto como única compañía. Se recompuso y retrocedió hasta la selva donde buscó la manera de protegerse los pies y así poder cruzar el desierto. Probó con todo: hojas, piedras, maderas y pieles de animales muertos. Pero fue inútil. Al pisar el suelo del desierto las hojas prendían fuego como géiseres ígneos, las piedras se hacían ascuas al instante, las maderas se pulverizaban y las pieles de los animales muertos se tostaban hasta hacerse carbón. El miedo volvió a dominar sus emociones. Además, la aridez del aire la asfixiaba. Sentía y pensaba que no sería capaz de salir de ésa, y estaba convencida de que su Maestro jamás regresaría para ayudarla y que la dejaría morir.

Se tumbó boca arriba, completamente desmoralizada, dejando que el Sol abrasador la achicharrara. Y así pasó hasta el día siguiente. La luna llena también la cocinó, aunque a fuego lento. A la mañana siguiente, antes de que el Sol volviera a golpear con fuerza y a aturdirle la conciencia de una vez para siempre, Helena meditó en busca de sí misma. ¿Quién era ella? ¿Qué recursos ocultos podía tener para superar ese último obstáculo?. El ojo de la contemplación -el de San Buenaventura- captó en su entorno algo extraño. Había descartado la posibilidad de volar. Y ella sentía que podía hacerlo. Ya lo había hecho en la montaña del sabio. Se concentró en ella misma, en sus chakras. Notaba la intensa presencia de sus energías, la solidez de éstas permitía imaginar sus diferentes capas de densidad. Notaba que su cuerpo energético era igual de poderoso que su cuerpo físico, o quizás, más poderoso. Volvió a querer proyectar esas energías hacia arriba. Levitó al instante.

En aquella ocasión Helena no quiso preguntarse por qué volaba. Puso toda su conciencia dirección al interior del desierto. A medida que avanzaba sentía con más intensidad el aliento infernal del suelo, el vapor polvoriento de esas brasas. El Sol empezaba a imponer su presencia. Y Helena, de alguna manera, y por alguna razón emocional de su inconsciente más profundo, sintió que comprendía y aceptaba aquel desierto, aquel lugar que con gran tristeza recibía una luz vitalizante que moría al contactar con ella, que se desperdiciaba en ella. Miró hacia abajo, hacia aquel lugar tan desgraciado y lloró de compasión. Sus lágrimas cayeron hacia él pero eran evaporadas antes de llegar al suelo pedregoso. Finalmente, una lágrima se introdujo justo en una pequeña grieta entre dos piedras. Las piedras empezaron a brillar y a dorarse poco a poco hasta que el oro lo cubrió todo. El desierto se había dorado. Helena se sintió feliz y se despidió del desierto comprendiendo, sin saber por qué, que ese desierto y ella iban a estar conectados durante la eternidad.

Por fin, Helena vislumbró el indescriptible manantial de cristal. Una lluvia fina y abundante de agua templada empezó a caer sobre su cuerpo desgastado y ardiente. El agua suavizó, nutrió y regeneró cada átomo de su cuerpo. La armonía lo invadió todo. A cada nueva gota sentía lo que el desierto había sentido con su lágrima. A este bienestar se le sumó la felicidad profunda y verdadera por haber sabido cómo superar tantos problemas. Algo había cambiado dentro de sí misma. Por primera vez sentía que sabía cómo debía amar y sentía que era capaz de hacerlo porque por fin sabía ser ella misma.

Aquella lluvia fina era tan abundante que era como estar debajo del agua. Respiraba el agua oxigenado y expiraba agua pura. El Maestro la esperaba flotando en el cielo, a cientos de metros sobre el suelo del manantial. Era imposible saber si había agua en el manantial o si todo era manantial. Cielo, tierra y agua, era imposible discernir donde acababa uno y empezaba otro.

-Bienvenida al manantial de cristal, donde la realidad no se combina con la negación, donde todos convivimos indeterminados y somos los que somos. Aquí la eternidad lo llena todo. Es energía única, completamente presente. Aquí podrás vivir la infinita complejidad de cada instante. Aquí no pueden negarse las diferencias, todos somos libres para ser únicos, para sentir nuestra particularidad.

La imagen del Maestro se empezó a distorsionar y pronto no pudo diferenciarse del entorno. Estaba mezclado con el todo, pero no fundido. Era como un vapor de aceite en la niebla. Conservaba su esencia y, a la vez, formaba parte del todo. Helena sentía una emoción inefable, era absolutamente desbordante, sentía con el corazón del manantial.

Finalmente, sintió que su viaje había llegado a su fin y todo empezó a convulsionar. Un sonido atronador lo envolvió todo y apareció en el silencio de su cama. Estaba tumbada, como acabada de despertar, y con una piedra blanca en la mano.

Catalepsia (1ª parte)

Era domingo, al fin… no tenía que abrir el bar a ingentes horas de la mañana y podría dormir hasta que mi inconsciente se hartara de mí. No obstante, algo arruinaba la posibilidad de una paz absoluta. Aunque me encantaba dormir abrazado a Rebeca, la notaba mirándome fijamente, observando cómo dormía. Seguro que llevaba un buen rato. Siempre lo hacía. Recuerdo que una mañana de primavera, cuando descubrí aquel extraño hábito, me sobresalté al límite del infarto y no era para menos… abrir los ojos y encontrármela a un palmo y medio con aquella sonrisa de tonta enamorada. A esa distancia parecía tener la cara totalmente desfigurada, como en un espejo cóncavo.

Antes de abrir los ojos recorrí mentalmente mi apreciada biblioteca alejandrina en búsqueda de alguna frase romántica que seguro que podría utilizar en un momento en el que la lluvia de fondo masajeaba mis todavía ensoñecidas neuronas, en el que el calor de su cuerpo me deshacía en olvidos, en el que el olor de su aliento me instigaba a besarla y así, a descubrir mi dormir simulado… Nuestros cuerpos desnudos estaban engrasados por el sudor del otro, el interior del edredón era una auténtica sauna pero, a pesar de ello, cuanto más húmedo estaba todo más la sentía en mi interior. Tenerla pegada de esa manera era lo único que me hacía verdaderamente feliz.

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Petropo, el elefante explorador

Era una vez un elefante llamado Petropo de orejas tan grandes como Dumbo. Petropo era del color del mar y hablaba el idioma de los elefantes de la selva. Su voz era más suave y profunda que el ronquido de una ballena.

Gracias a sus grandes orejas, Petropo podía volar como un pájaro. Y como él era tan voluminoso y robusto, las águilas y los halcones no podían atacarle, así que no tenía miedo de nada. Era el rey de los cielos.

Petropo, durante años, había volado por todo el mundo.

Ningún animal sino sólo él había visto las doce montañas más altas del mundo, ni oído los oleajes de los cinco grandes océanos.

Jamás un solo animal había comido y saboreado exóticos frutos como la piña, el coco, el kiwi o las fresas; ni olido flores como las gardenias, las rosas, los claveles, los geranios o las margaritas.

Petropo, ahora ya anciano, era el animal más sabio de la selva.

Todos los seres vivos del mundo iban a ver a Petropo para preguntarle cosas como cómo curarse una pata rota, cómo evitar ser mordido por serpientes, cómo construir un nido más grande, cómo encontrar los alimentos preferidos…. A cambio de la ayuda de Petropo, era habitual que los animales trajeran alimentos y todo tipo de regalos.

Petropo tenía una casa dentro del tronco de una secuoya de cinco mil años y tan alta como un rascacielos. Siempre se sentaba en su trono de madera en lo alto de una de las anchas ramas del árbol y así podía ver todos los animales desde arriba.

Era un mediodía cualquiera de verano, la selva estaba tan llena de árboles que la calurosa luz del sol no llegaba al suelo. Los pájaros cantaban bonitas canciones y se respiraba un aroma muy agradable. Delante de la casa de Petropo había una larga cola de animales: dos cebras, ocho búfalos, tres leones, cinco hienas, un cocodrilo, doce halcones, una rana, muchas hormigas, tres grillos y a lo lejos… Petropo pudo ver dos animales que nunca había visto. Eran dos hermosísimas niñas con cuerpo de pez. Después de dos horas, cuando les llegó su turno ante el trono de Petropo, una de las niñas con cuerpo de pez dijo:

-Somos dos princesas de los mares. Yo soy la princesa Irina, del Reino de Neptuno, y ella es Aina, mi hermana, princesa del Reino de Sémele.
-Bienvenidas, yo soy Petropo, el sabio de la selva. Veo que sois medio humanas medio peces. ¿Queréis saber cómo solucionar los problemas de los peces?
-No – contestó la princesa Aina- nosotras…

Pero Petropo interrumpió a Aina y se apresuró a decir:
-¿Entonces queréis saber cómo solucionar los problemas de los humanos?
-No, tampoco, señor Petropo. Nuestros problemas son diferen…

Pero Petropo volvió a interrumpir a la princesa Aina y durante segundos, minutos y luego horas estuvo preguntando si tenían problemas en los ojos con la sal del mar, o con algunos temibles tiburones, o con los peligrosos pescadores, o en el colegio, o con sus amigos… Petropo estuvo así preguntando durante dos días acerca de los problemas típicos de los peces y los humanos. Constantemente, las princesas Irina y Aina intentaban hablar pero Petropo no las escuchaba. Petropo, acostumbrado a ver a un animal y saber qué le pasaba, no podía reconocer que no sabía qué problemas podían tener aquellas princesas.

Petropo, al final, ya a punto de desmayarse por el cansancio, les dijo enfadado:
-Y entonces, si no tenéis los problemas de un pez ni los de un ser humano… ¡No tenéis ningún problema! ¡Así que podéis marcharos!

Antes de que Aina e Irina se marcharan totalmente frustradas, la princesa Irina hizo un último comentario:

-Nos vamos, no porque no puedas resolver nuestros problemas sino porque no te has fijado que somos algo más que medio peces y medio humanas, somos la unión de estas dos partes: ¡somos sirenas!

Petropo, al escuchar esas palabras, se avergonzó profundamente y les dijo:

-¡Oh! ¡Lo siento mucho! ¡He sido tozudo y orgulloso! ¡Tenía que haberos preguntado y escuchado! Lo que he hecho ha sido tan inútil como querer solucionar los problemas de la arena mojada solucionando por separado los problemas del agua, por un lado, y los problemas de la arena seca, por otro. Pero… ¡La arena mojada siempre será algo más! ¡Con ella se pueden hacer magníficos castillos de arena! En cambio, con el agua sola no se puede y con la arena seca tampoco…

Y así, Petropo, volviendo a ser el explorador que había sido de joven, y esta vez sin tener que volar, miró y escuchó con atención durante horas lo que aquellas preciosas sirenas tenían que contarle y así, una vez que comprendió qué les pasaba, pudo ayudarlas gracias a su inmensa experiencia.

Las princesas Aina e Irina se marcharon a sus Reinos más felices que nunca y, antes de su partida, regalaron a Petropo un collar de perlas de nácar y un tesoro de un barco hundido. A partir de ese día, Petropo dejó de pensar que ya lo sabía todo y volvió a observar y escuchar a los animales. Así, durante años y años, aprendió muchas cosas nuevas que jamás hubiera imaginado y siempre mantuvo cariñosamente en el recuerdo el día que las princesas Irina y Aina visitaron su morada y le ayudaron a volver a ser lo que había sido siempre: un explorador.

Neuw, pedúnculo de la existencia

 La Tierra. 20 de Diciembre de 4048 d.C.

No quise repudiarlo, pero lo hice… mi viejo compañero de viaje interestelar, con quien había recorrido millones de años luz de antimateria más allá de la periferia imperial, se había convertido en un desdeñoso sicario. Me temo el porqué. La guerra no llegaba a su fin y cuando parecía acabar acometía con más violencia. El fragor de antaño me anegaba el cuerpo de odio, sin embargo a medida que transcurrían esperadísimas calendas podía sentirme valiente y con fuerzas para lo que fuera. La guerra no podría acabar conmigo, la muerte no la aceptaría jamás, a no ser que me atasen en una nave de las fuerzas del Imperio Galáctico en lo más alto de la cofa norte y utilizaran todos los nervios de mi cuerpo para poderme columpiar debidamente.

Decidí bajar al piélago. Necesitaba reflexionar y no había tiempo. Quería llorar y tampoco tenía tiempo. Quería entrar en contienda con el mundo ventrílocuo pero no había tiempo. Vanidoso tiempo. Siempre necesitando y queriendo sentir lo que no comprendía.

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