La aventura de profundizar

la aventura de profundizarSabemos que “profundizar” es un verbo y que, por lo tanto, refleja una acción, algo con movimiento, muuucho movimiento… ¡Diría que movimiento para atravesar montañas! Profundizar, según mi punto de vista, supone moverse en dirección a un horizonte muy lejano donde la vista no alcanza verlo todo, donde la vista está limitada, donde todo lo que vemos se va haciendo cada vez más pequeñito hasta por fin no ver nada. El horizonte contiene muchas cosas que no se ven y profundizar diría que tiene mucho que ver con moverse por el camino de lo desconocido. Y eso, según cómo sea el camino, puede suponer no un solo movimiento y de un solo tipo, sino muchos movimientos y de muchos tipos.

Por lo tanto, pienso que profundizar es una apasionante aventura por (y hacia) lo desconocido o, para ser minuciosos, por (y hacia) lo profundo. Y utilizo la preposición “por” pues el camino es importante y utilizo “hacia” porque el objetivo también lo es.

¿Sobre qué se puede profundizar? Continue reading

12 reflexiones sobre el humor y el reír

Después de la interesantísima reunión con unos amigos (Moli, Alberto y Joan), he llegado a algunas reflexiones (apuntadas aquí inconexamente) y preguntas que me gustaría compartir. Si alguien quiere matizar, añadir o desarrollar algo, mejor!

 1. Lo inesperado

Es cierto que el humor absurdo, sádico o políticamente incorrecto cumple con este punto, es decir, se da la experiencia de lo inesperado.

Lo inesperado suele suponer conectar cosas que estaban -aparentemente- inconexas. Y ello es rompedor. Aquí también entran los tópicos. ¿Cómo se manejan algunos tipos de humor con los tópicos a la vez que eliminan prejuicios?  

Curiosamente, muchos humoristas comunican con aparente seriedad. Pero claro, cuando el humorista habla en serio es más difícil prevenir cuándo dirá algo divertido.

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Muestras de amor y amistad en los animales

Este post no quiere ser sensacionalista y es muy importante que quede bien claro. Me siento obligado a presentar este escrito como algo completamente excepcional dentro de este blog porque no puedo evitar vivir estas palabras como algo profundamente personal. Y es que dos valores fundamentales inspiran mi vida: la sabiduría y el amor. La sabiduría me eleva, me ayuda a comprender la unidad de la existencia. Pero es el amor el que me da el impulso para aceptar la multiplicidad que está por todas partes, para aceptar la realidad tal como es con todas sus debilidades e imperfecciones, para aceptar lo que hay de particular en cada momento, y para querer compartirla…

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Creyendo en nuestros revolucionarios

Han pasado muchos días desde el 24 de mayo en el que escribí mi primera reflexión sobre el movimiento del 15-M. Entonces mi contacto real con el movimiento había sido superficial y basado en la prensa. Desde entonces, animado por amigos de mi entorno próximo, empecé a frecuentar Plaça Catalunya, la plaza barcelonesa tomada por los indignados. Pasé más horas de las que pretendía. Han sido días de muchos cambios en mi forma de interpretar lo que ahí estaba en juego. Provisionalmente, he llegado a algunas nuevas conclusiones que sustituyen muchas de mis creencias anteriores.

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Krishnamurti y meditación

imagesKrishnamurti, que sin duda ha sido uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX, compartió con la humanidad una cantidad importante de reflexiones gravemente agudas. Dado que quiero respetar al máximo los consejos de este gran pensador indio, voy a evitar escribir un post cargado de citas o anéctodas biográficas. Por el contrario, voy a instar al lector a que experimente, a que actúe, de la misma manera que Krishnamurti hubiera querido. Y es que hablar de él implica necesariamente incurrir en la gran paradoja pues Krishnamurti rechazó siempre tener seguidores (“como yo”) o fundar una escuela (de “su pensamiento”). Su negativa a fundar una institución que promoviera su pensamiento se explica en que su filosofía no era más que un llamamiento a la acción valiente de la propia conciencia, a la atrevida búsqueda de la comprensión de uno mismo mediante la liberación de la propia mente.

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Catalepsia (1ª parte)

Era domingo, al fin… no tenía que abrir el bar a ingentes horas de la mañana y podría dormir hasta que mi inconsciente se hartara de mí. No obstante, algo arruinaba la posibilidad de una paz absoluta. Aunque me encantaba dormir abrazado a Rebeca, la notaba mirándome fijamente, observando cómo dormía. Seguro que llevaba un buen rato. Siempre lo hacía. Recuerdo que una mañana de primavera, cuando descubrí aquel extraño hábito, me sobresalté al límite del infarto y no era para menos… abrir los ojos y encontrármela a un palmo y medio con aquella sonrisa de tonta enamorada. A esa distancia parecía tener la cara totalmente desfigurada, como en un espejo cóncavo.

Antes de abrir los ojos recorrí mentalmente mi apreciada biblioteca alejandrina en búsqueda de alguna frase romántica que seguro que podría utilizar en un momento en el que la lluvia de fondo masajeaba mis todavía ensoñecidas neuronas, en el que el calor de su cuerpo me deshacía en olvidos, en el que el olor de su aliento me instigaba a besarla y así, a descubrir mi dormir simulado… Nuestros cuerpos desnudos estaban engrasados por el sudor del otro, el interior del edredón era una auténtica sauna pero, a pesar de ello, cuanto más húmedo estaba todo más la sentía en mi interior. Tenerla pegada de esa manera era lo único que me hacía verdaderamente feliz.

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La mano que escribe

Vértigo siento si atisbo lo más allá de lo humano, el mismo aturdimiento que una hormiga sentiría si en algún momento tan solo intuyera las dimensiones de nuestro mundo. Socavar en nuestro mundo me cansa y despegar de él solo me ensorbece, al final siempre igual, riéndome sólo, sentado, entre el fuego cruzado de dos reinos celestiales, contemplando inflexo mi instante y mi neura.

Decido prestarme un poco de atención y me fijo en mis manos, ellas están escribiendo esto, están haciendo que esto sea posible. La verdad es que hace mucho frío, olvidaba que tengo cuerpo, había desatendido mis manos. Están sufriendo por mi. Mi cuerpo esta sufriendo y eso me afecta considerablemente.

Tengo frío, mucho frío en las manos, mis manos. Sin embargo ellas se desafían y luchan, ellas escriben lo que pienso, son estrategas, ellas sabrán. ¿Querrán entrar en calor? Pero.. ¡sólo una escribe! La otra parece que se sacrifica. Pero no, de inmediato piden apoyo a la centralita de mi cuerpo e inconscientemente impulsa a mi voluntad a querer algo. Me hago un cigarrillo. Enseguida lo lío.

(si te interesa, este post sigue en http://wp.me/pIkeR-j)

Los perros en las ciudades

Los perros, como las personas, necesitan sacar fuera la tensión interior. Estos animales no pueden desahogarse escribiendo sus preocupaciones en blogs como éste, o hablando con sus amigos o yendo los domingos a ver el fútbol. Los perros, sobretodo los más jóvenes y atléticos por constitución, necesitan correr quilómetros, ladrar bien alto, relacionarse y jugar con otros perros (y desde ya cachorros), oler el bosque… En caso contrario, se vuelven locos, como las personas.

Luna llena

Este escrito vuelve loco a quien lo lee y no al que lo escribe. Está escrito con el dedo gordo del pie, lo suficientemente torpe para interrumpir el trance hacia la locura, esa sensación de poder destructivo, de libertad autodestructiva. Esa sensación derramada de querer aguijonear todas las posibilidades. Ese consumir toda la libertad en vez de tomarla como un espacio donde practicar el tiempo y la vitalidad.

Todo empieza en luna llena, de noche, una oscura noche, como si la proyección lunar fuese un haz de luz hechizado. La situación trasciende a algo místico y empiezo a sentir.

Noche_de_luna_llenaSiento que no estoy solo, siento que tampoco tengo ídolos.  Soy un espectador de primera fila, como yo están otros. Compartimos la soledad y eso me hace sentir en justa compañía. Juntos experimentamos el Escenario dónde todo transcurre, todo vive allí, en unidad. Ahora lo veo todo claro, soy espectador de primera fila pero pronto otro podrá ocupar mi lugar y es que voy a subir al Escenario y en él existiré con amor a las demás cosas, a mis partes iguales. Los amaré y también lo haré con los espectadores que están fuera, errantes y melancólicos. Querré que vengan a mí, a nosotros.

Luego, dejo de sentir.

Pasa la noche y ésta cede su reinado al sol, no sin abusar de su confianza e infiltrarle su alma: la luna se permite presenciar mi locura.

Yo, como ser que piensa, piensa en lo que quiere y piensa en lo sublime que es realizar lo que se quiere, por lo tanto pienso en adecuar las circunstancias a un remedio que haga posible realizar lo que quiero. Al fin, después del instante, lo hago.

Sin embargo me encuentro con un ser exactamente idéntico a mí. Resulta que estoy en el Escenario y me conmociono.

Ya soy amor. Lo encontré y primitivamente no lo quería, puesto que no podía querer algo que no podía ni concebir. Lo que quería no lo fui, sin embargo ¿Fui gracias a mi encuentro místico algo más? Sí, parece que sí. ¿Hubiese sido más si esperase menos y hubiese tenido lo esperado como lo más? No, parece que no, aunque nunca lo sabré. Creo que sería lo mismo, el mismo amor aunque fruto de una menor, aunque considerable, percepción de la belleza.

No obstante, la experiencia no acaba aquí. No logro acostumbrarme al Escenario y me asusto ¡La bella esfera! ¡Un artista que se esconde del arte! Pierdo violentamente la orientación ¡Que no me vea! ¡Quiero salir de aquí!

Quiero salir del mundo y sé que eso es imposible, sin embargo mi llanto lo suspira. He aquí la locura, he aquí el saber lo sublime y no tener la serenidad que requiere su experiencia. Esa claustrofobia de ser algo más grande que el mundo, estar aprisionado, eso es, a presión, antinatural.

Acabo relajándome, extenuado por la desesperación por dispersarme, deseando tan sólo paz, esa paz. Ahora quiero descansar, tan solo un poco más. Así. Gracias.

Solamente quiero decir que me rindo, ya no puedo más, lo siento, lo he intentado, soy un fracaso de lo existente. Quiero decir que con esa tristeza tengo suficiente, aunque ya no sea dueño de mi mismo. Para mí no hay perdida más trágica, nada comparable a la de perder el juicio. ¿Qué es la pérdida de lo sublime al lado de la pérdida del control personal? No son más que unos garrotazos a quien está difunto.

Pero… ¡demonios! hasta en la muerte hay alguien que hostiga. No sea infantil y déjeme morir en paz. Y haga el favor de avisarme cuando nazca quien ame a los cadáveres, no repare en chillármelo bien fuerte al oído, no escatime en reventarme los tímpanos que yo mismo le besaré y le pediré que me indique dónde encontrar a ese milagro.

Hasta entonces, si tengo suerte y sobrevivo al desenfreno, le mostraré mi petición redentora. A Él, a quien le gusta el cielo tanto como a mí, a quien mataría por vivir.

Tengo fe, pero no tengo ilusión ni nada que perder. Todo es tan sumamente inexistente para mí, no quiero participar en él, en el todo. Si se me acerca Él lo aparto con la mano, sin mirar, sin darme cuenta de estar dando pinceladas con un pincel que no recordaba haber estado utilizando en fantásticas sesiones de arte pictórico, y en Él me manifiesto como si hiciera las cosas sin mirar, ciertamente le parezco un demente. La verdad es que no le incumbe mi existencia, él no tiene nada que ver. Sí muestro algo de fe es para que Él se calle, porqué me molesta que se acerque a mi cara y sé que si le digo que creo en algo se retirará satisfecho, triunfante, ya que habrá conseguido participar en mi vida.