Transgénicos e ingeniería genética

Introducción: Conceptos y marco teórico que se aplican en el estudio del caso

El objetivo principal de este estudio es analizar y comprender la cuestión de los alimentos transgénicos y la ingeniería genética. Para ello, lejos de entender la ciencia  como algo separado de la cultura, el abordaje del caso seguirá el llamado método tecnográfico el cual nace de la corriente constructiva alemana de la filosofía de la ciencia (Methodischer Kulturalismus). Concebir la ciencia como íntimamente ligada a la cultura nos permitirá obtener una visión global del suceso, y es que ésta implica más dimensiones de las que se había pensado. Es un gran error reducir los estudios sobre ciencia y tecnología en términos de conocimientos científicos puesto que la práctica de la ciencia está atravesada, hasta lo más hondo de su ser, por las circunstancias sociales, la tecnología disponible, el estado del bioentorno, etc.

Ya hemos dicho que por cultura no hemos de entender algo de carácter humanístico sino que la definiremos como un entramado de prácticas que implican artefactos, técnicas y recursos de diferentes dominios íntimamente interrelacionados y que configuran diferentes entornos: el entorno material (y que implica el conjunto de artefactos, técnicas, construcciones y recursos materiales), el simbólico (y que implica el conjunto de interpretaciones, valoraciones, representaciones y formas de procesamiento de información), el organizativo (y que implica estructuras institucionales, la economía, las leyes y otras formas de organización e interacción social) y el bioentorno (y que implica el estado de la naturaleza –no humana- así como las formas de interactuar con ella). Gracias a esta estructura conceptual podemos entender las culturas o subculturas como sistemas o subsistemas que se definen por los diferentes dominios y entornos, muchos de los cuales se solapan entre ellos, produciendo así complejos híbridos.

Por otra parte, lo que nos interesa es saber qué hacer cuando tenemos que analizar y comprender un fenómeno científico. Ya sabemos que consideraremos más dimensiones de lo que muchos han tenido en cuenta hasta hace poco. Ahora bien ¿Qué secuencia de análisis seguiremos para entender qué ocurre con los transgénicos y, más concretamente, con la colza transgénica de la multinacional Monsanto?

En un primero momento analizaremos cómo la cultura -en nuestro caso la subcultura científica en el contexto de sus laboratorios, su lenguaje especializado y otras características propias o compartidas con otras subculturas- produce ciertas innovaciones, es decir, nuevos artefactos y técnicas.

Al mismo tiempo, esto implica un proceso de estabilización, es decir, de estandarización, normalización, aceptación y fundamentación, con tal de que dicha innovación perdure en el tiempo y pueda ser enseñada y aprendida. Esto, en un primer momento, se hace a nivel de laboratorio y es lo que llamamos tecno-estabilización. Luego, al exportar las innovaciones tecno-estabilizadas más allá de las paredes del laboratorio es cuando se estabilizan en la cultura en general y pueden adaptarse, en forma de racimos, a diferentes entornos. Esto significará, además, que los agentes que conforman la cultura acepten e integren en sus vidas esta innovación.

Luego, será necesario hacer un seguimiento de cómo se expande la implementación de dicha innovación a los diferentes entornos. Y esto, dadas las posibilidades de las tecnologías de la información y comunicación, nos conducirá a un proceso de globalización en el que lo que una cultura produce se introduce en otras culturas.

La segunda parte del estudio analizará los impactos (y sus consecuencias) que producen estas innovaciones puesto que cualquier proceso de estabilización suele desestabilizar prácticas y entornos, ya sea produciendo malestar y restando adeptos a una forma de pensar y hacer, o produciendo solapamiento de competencias, o poniendo en peligro el entorno ambiental, etc.

En la última parte, la cual es la más propiamente filosófica, analizaremos los diferentes sistemas de interpretación, valoración e intervención que hay involucrados en todo fenómeno cultural. Es decir, nos acercaremos a las diferentes visiones respecto al uso de transgénicos, las diferentes formas de entenderlos y los diferentes valores que cada visión pone en juego. Por último, a partir de los diferentes modelos de valoración, analizaremos los diferentes modelos de intervención y que suponen las diferentes alternativas que sirven como referente y apoyo en el diseño de cualquier plan de acción política respecto a los transgénicos.

Parte A. Estudio de Innovaciones y estabilizaciones

Emergencia de nuevos sistemas tecnocientíficos y estabilizaciones

1. Innovación

El caso de la colza transgénica es susceptible de ser analizado según el método y marco conceptual especificado en la introducción. Las innovaciones tecnocientíficas que nos ocupan, que tienen que contabilizarse en plural y estructurarse en forma de racimos, nacieron de la confluencia de dos factores:

Uno, el desarrollo de los fertilizantes químicos nitrogenados en base a las bombas de nitrógeno utilizadas en la Primera Guerra Mundial. Y más tarde, el desarrollo de insecticidas como el DDT en base al gas nervioso utilizado en la Segunda Guerra Mundial. Junto a estos desarrollos químicos encontramos el desarrollo de los organismos genéticamente modificados (OGM), organismos los cuales han sido tratados por ingeniería genética. Para todo ello fue necesario que personas como Erwin Schöldinger y Linus Pauling desarrollaran y estabilizaran el entorno simbólico adecuado para impulsar estas nuevas ramas de la biología como son la biología molecular y la ingeniería genética. Esto quiere decir que se utilizaron el lenguaje y algunas teorías propias de la física y la química, y que gracias a esta transferencia, junto a la inclusión de determinados instrumentos también propios de estas otras disciplinas, fue posible la manipulación de microorganismos a nivel molecular para así llegar incluso a reemplazar y recombinar algunos elementos genéticos.

Y dos, durante la década de los 90 todo ello fue estimulado por inversiones de miles de millones de dólares de multinacionales dedicadas al cultivo masivo de alimentos como Monsanto y Dupón, inversiones que después de más de una década dieron sus frutos, nunca mejor dicho.

2. Tecno-estabilización

Es justo en los entornos de la subcultura científica donde se estabilizaron todas las actividades, técnicas y artefactos. Todo ello ocurrió en los laboratorios, subvencionados sobretodo por la poderosa industria de producción de alimentos, y desembocó en, primero, el herbicida Roundup de Monsanto, y segundo, en las semillas resistentes a dicho herbicida. Monsanto diseñó una planta (BT) capaz de producir su propio insecticida. Así, si un gusano o un taladro comía un solo bocado de esta planta, éste moría.

Para que la planta no muriese por este herbicida, los investigadores encontraron una bacteria del suelo que era inmune al herbicida Roundup. El proceso consta de diferentes pasos: no es suficiente con coger de esta bacteria su gen resistente e introducirlo en los cultivos BT sino que hizo falta que interviniese la bacteria Eccoli. Esta bacteria, junto a la resistente al Roundup, sí que tenía el efecto deseado. No obstante, las células rechazan naturalmente el ADN extraño así que los científicos hicieron uso de otra bacteria, y van tres, responsable de los tumores de las plantas.

Las técnicas usadas para la recombinación de ADN jamás podrían interpretarse como intervención blanda ya que ésta se caracterizaba por el respeto a los procesos biológicos y el uso de procedimientos más bien anticipativos y de intervención mínima.  En los procedimientos biotecnocientíficos de nuestro caso se utiliza el daño a las células para romper sus defensas naturales y así imponer artificialmente estos nuevos cambios. Por ejemplo, se usan corrientes eléctricas contra la pared de la célula creando así pequeñas fisuras, o también se disparan partículas de oro cubiertas de genes modificados en el interior de la célula que se desea modificar.

Por último, este proceso se ultima a partir de un gen promotor, el cual lo extraen del virus del mosaico de la coliflor, para que active las propiedades deseadas.

Estabilización como nuevos sistemas culturales

3. Exportación

Una vez que esta nueva tecnología está estabilizada dentro de los laboratorios llega el momento de transferirla a otros contextos no científicos. Debido al interés comercial de compañías como Monsanto, esto se vería poderosamente impulsado. Como era lógico, estos nuevos contextos eran los entornos propios de los agricultores: sus terrenos. La conquista de estos bioentornos sería el primer paso para llegar a los supermercados del gran público consumidor. Para ello, el sector privado tenía estudiada una estrategia que priorizaba sobretodo el éxito comercial de sus nuevos productos. Primero, tendría que estabilizar simbólicamente sus productos, es decir, justificar su propuesta ante la ley, los agricultores y ante los consumidores. Segundo, debería buscar modos de cuajar en estos nuevos entornos.

Esto es justo lo que podremos ver en los próximos apartados de este trabajo.

4. Estabilización cultural

Así pues, para estabilizar estas nuevas innovaciones en los entornos extracientíficos, las empresas hicieron lo que mejor sabían hacer: venderse. Lo primero que hicieron fue asegurar la rentabilidad de tales innovaciones y así es cómo entró en juego la cuestión de la propiedad intelectual de las semillas modificadas genéticamente, lo cual fue posible gracias al precedente que estableció la lucha de un ingeniero de la General Motors que llegó en 1978 hasta el Tribunal Supremo de los Estados Unidos para poder patentar un microbio que comía restos de petróleo.

Cara los agricultores, las transnacionales ofrecían un modo simple y robusto de manejar plagas, el principal problema de los agricultores. El hecho de simplificar todo el proceso era otro de los grandes atractivos. El uso de estas plantas evitaba usar herbicidas mientras que los rendimientos eran igual o más altos que en la agricultura convencional. Una vez convencidos, sólo era necesario firmar un contrato tecnológico y comprar las semillas a un precio que decían que compensaba el ahorro en pesticidas:

“En Illinois, la adopción de cultivos resistentes a los herbicidas constituye el más caro sistema de semilla de fríjol de soya más pesticida en la historia moderna – entre US$ 40.00 y US$ 60.00 por acre en dependencia de los precios, presión de infestación, etc. Tres años atrás, el promedio de los costos de semilla más control de plaga en fincas de Illinois era de US$ 26 por acre y representaba 23% de los costos variables: hoy representan 35-40%.” [1]

Ahora bien, si este contrato tecnológico comprometía al agricultor a comprar semillas año tras año ¿Cómo podía Monsanto asegurarse de que los agricultores no aprovecharían la simiente de las plantas una vez hubieran crecido? Efectivamente, esta cuestión fue resuelta por el diseño del gen llamado “Terminator”. Dicho gen hacía a las plantas estériles por lo que la simiente sólo germinaba una vez.

Aunque es totalmente contradictorio, cara al mundo, la industria de alimentos transgénicos, bajo la bandera de la Revolución Verde y la autoridad de la comunidad científica, argumentaba que estos nuevos alimentos resistentes a las plagas serían la solución al hambre en el mundo. Una propuesta de lo más atractiva. Por supuesto, el público no estaba debidamente informado sobre este gen esterilizador.

Otra contradicción, pero que fue efectiva no obstante, fue argumentar que estos nuevos alimentos eran básicamente equivalentes a los alimentos tradicionales y que por lo tanto no debían someterse a regulaciones especiales como el etiquetaje que diferenciara los alimentos modificados genéticamente. La contradicción estaría, pues, en el hecho de que antes habían argumentado lo contrario para conseguir patentes. En todo caso, lograron, entre otras cosas y en un principio, que estos productos no se etiquetaran.

Como iremos viendo, la dimensión política de la empresa de Monsanto fue decisiva para poder llevar a término esta estabilización.

Desarrollo cultural: inducción de nuevos sistemas, culturas y tradiciones culturales.

5.Expansión

Una vez exportadas estas innovaciones y estabilizadas en los entornos extracientíficos, nada impedía ir ampliando los dominios de las nuevas técnicas y artefactos. Aunque en este estudio haga hincapié en que eran las empresas privadas las que impulsaron este deseo de abarcar cada vez más, esto no es exactamente así. El sector público también tenía un papel dominante. El gobierno, la universidad y otras instituciones públicas también invirtieron grandes cantidades de dinero, incluso con deseo de comercializar sus trabajos.

En cualquier caso, la competitividad fue feroz. La carrera para conseguir patentes lo más amplias posibles hicieron surgir diferentes estrategias. Sociedades como Genset o Myriad Genetics se interesaron en los datos médicos de determinadas poblaciones. Hacer privadas estas listas les supuso grandes ventajas respecto a sus competidores. Para estas operaciones financieras se invertían millones de dólares y los Gobiernos solían estar involucrados en dichas operaciones con tal de acordar un trato que beneficiara al país. Esto es por ejemplo lo que ocurrió en Islandia con la compañía DeCode.

A pesar de que el sector público parezca involucrado de la misma forma que el sector privado, éste último, no dispuesto a facilitar los resultados de sus estudios, se han ido beneficiando de los resultados publicados propios del sector público. Esto es lo que ha ocurrido de forma clara en las investigaciones del Génoma Humano con empresas como Celera. Toda esta asimetría, aunque combatida por el gobierno obligando a estas empresas a publicar sus investigaciones, es muy difícil de contrarrestar dado el enorme poderío de las grandes empresas. Mientras, estas empresas comercializan sus bases de datos con licencias exclusivas (o no), dividiendo los datos por patologías, negociando fórmulas de codesarrollo de productos…

Para el éxito de la expansión, Monsanto lo tenía claro. Podemos leer en un comunicado interno de la empresa del 6 de octubre del 2006:

“La biotecnología agrícola tendrá un defensor en la Casa Blanca el año que viene, independientemente del candidato que gane las elecciones en noviembre”[2].

Las redes de Monsanto abarcaban muchos de los principales engranajes políticos. Los científicos de la FDA (Food and Drug Administration), organismo regulador de Estados Unidos, se negaron a que en el primer mandato de Bush el Consejo de Competitividad comercializara los nuevos alimentos transgénicos. Como veremos en el punto 7 y 8, habían riesgos que tenían que tenerse muy en cuenta. La jugada del Consejo de Competividad, ávido por ser pioneros en la comercialización de estos nuevos alimentos, fue buscar una forma de anular la autoridad de la FDA. Para ello, trajeron a un comisario delegado de políticas alimentarías, y que era asesor jurídico de Monsanto, para que redactara la política oficial del país respecto a los OGM. Obviamente, este hombre, Michael Taylor, quien había redactado la normativa de la industria, definió una política que aterrorizó a la FDA ¿Pero qué se podía hacer? Altos puestos del gobierno estadounidense estaban ocupados por trabajadores directos o indirectos de Monsanto (directivos, abogados, investigadores, subsidiarios, etc.). Algunos ejemplos: Micky Cantor (Secretario de Comercio), Clarence Thomas (Juez del Tribunal Supremo), Lidia Wartrud (Agencia de Protección Medioambiental), Anne Veneman (Secretaria de Agricultura), William Ruckelshaus (Administrador jefe de EPA), Donald Rumsfeld (Secretario de Defensa), etc.

6. Globalización

Las dimensiones de Monsanto iban a permitir que su expansión superara los límites de su país, empezando así un proceso de globalización, es decir, un proceso de estabilización económica y cultural de alcance internacional.

Después de aprovechar en 1995 un gran momento bursátil, Monsanto invirtió más de 6000 millones de euros en comprar empresas de semillas. Convertida en un gigante sin competidores, excepto Dupont, pronto se convertiría en la mayor productora de semillas del mundo. Es más, 3/4 partes de toda la producción modificada genéticamente le pertenecen.

La expansión mundial empezaría en China y Japón, y luego al resto de Asia. En este caso por arroz modificado. Luego, con la colza, empezaría en Canadá y EEUU, y más tarde se extendería por México dados los bajos precios de las semillas estadounidenses las cuales estaban subvencionadas (4-5 pesos respecto a 6-7 pesos). Gracias a precios tan reducidos estas semillas llegarían a Oriente Próximo y la India. Finalmente, en el 2002, Europa acabó abriendo sus fronteras a los alimentos transgénicos y en el 2006 se cultivaba ya maíz trangénico en un 12-14% del total de tipos de maíz, cifra que ha ido en aumento por una serie de causas que analizaremos en el apartado siguiente.

El aumento del cultivo transgénico en países como EEUU, Argentina, Canadá y China, se hizo cada vez más dominante y a un ritmo más acelerado. En 1996, a lo largo del mundo habían 3 millones de hectáreas de dicho cultivo; en el 2000, habían casi 44,2 millones; y, hoy en día, en el 2010, hablamos de 130 millones de hectáreas.

Parte B. Estudio de impactos y consecuencias

7.Impactos

La instalación de los alimentos transgénicos en nuestra cultura trajo consigo no pocos impactos. Su llegada, de terrible inercia, chocó frontalmente con la práctica tradicional de la agricultura. Este choque supuso la desestabilización de ésta y la conquista de las multinacionales de gran parte de la producción de alimentos (frente a pequeñas comunidades rurales). Veremos, además, que la nueva práctica de cultivo transgénico impactaría en todos los entornos emsob.

Para empezar, es de destacar su impacto económico. Aunque los nuevos alimentos no son más sanos, ni más nutritivos, sí son más rentables. En 2003, su rendimiento aumentó en 5000 millones de libras. Este rendimiento puede atribuirse al ahorro en agroquímicos, productos fabricados por empresas que sufrirían grandes pérdidas (menos Monsanto, claro), y al ahorro en combustibles fósiles puesto que la nueva técnica no requiere de labranza (esto, en 2001, supuso un ahorro de 70 millones de galones de combustible en la soja cultivada). No obstante, algunos estudios reflejan que no hay mucho más rendimiento, y menos para los agricultores, puesto que se encuentran en medio de una superestructura económica. Según estadísticas oficiales del Departamento de Agricultura de los EEUU, el coste para el agricultor para producir 8 celemines es de 2,6 euros. Sin embargo, su beneficio es sólo de 1,6 euros. Así pues, mientras que todos se enriquecen, el gobierno subvenciona a estos agricultores para compensar este euro de pérdida por 8 celemines. Además, esta situación se agravó por el rechazo de algunos países extranjeros hacia la colza transgénica lo cual implicó una bajada drástica del precio de venta de éstos (de 9 a 5 dólares cada 35 litros).

La cuestión de la privatización de la investigación mediante patentes también tuvo un gran impacto en el modelo de los bienes colectivo basado en el libre acceso y la gran difusión de técnicas y conocimientos. El tuteo entre Estados y multinacionales planteó la posibilidad de que los Estados encontraran en las multinacionales compradores de alto nivel económico. Así, comercializaron algunos recursos y conocimientos relacionados con datos genéticos. No obstante:

En diciembre de 1999 el Secretary Advisory Committee on Genetic Testing, establecido en el Departamento de Estado de Salud para formular recomendaciones sobre la reglamentación del mercado de las pruebas genéticas en los Estados Unidos, hizo la constatación siguiente: “Recientemente se han manifestado temores relativos a la repercusión del registro de patentes de los genes humanos sobre las actividades de prueba genética… Aunque por regla general las patentes aportaban un estímulo a la promoción de las aplicaciones útiles, determinados titulares de patentes empezaron a restringir el uso de genes que habían descubierto imponiendo precios muy elevados a la atribución de licencias, imponiendo licencias exclusivas o negándose pura y simplemente a conceder licencias. Esas restricciones pueden producir efectos negativos en la accesibilidad, el precio y la calidad de las pruebas genéticas” (A Public Consultation on Oversight of Genetic Tests, 1999).[3]

En el punto siguiente exploraremos estos efectos negativos.

La agresiva política económica de expansión supuso la paulatina conquista del cultivo transgénico desplazando así el cultivo tradicional. Hemos visto antes que esta expansión ha tomado dimensiones planetarias. Esto ha supuesto que encontremos la proteína Bt en todas partes y que lamentablemente sea ingerida por todo tipo de animales, incluso por aquellos que son los enemigos naturales de las plagas como el crisopo Chrysoperia carnea.

Otro impacto en el bioentorno es el que produce el monocultivo puesto que este tipo de cultivo es muy perjudicial para la sustentabilidad de la tierra pues un solo tipo de plantas consume nutrientes muy específicos lo cual favorece la proliferación de plagas y malezas. Además, la toxina insecticida del Bt permanece en el suelo después del cultivo y se inserta en las arcillas y los ácidos húmicos.

Posiblemente el impacto más importante sea el proceso irreversible de contaminación, es decir, cuando grano genéticamente modificado llega a campos de cultivo tradicional -ya sea por el viento, transportado por abejas, volado de los transportes motorizados (por no estar el grano almacenado herméticamente), en los semilleros, etc.- y les transmite su ADN modificado por ingeniería genética. Como veremos en el punto siguiente, el caso de Percy Schmeiser resulta paradigmático para entender sus consecuencias tanto desde el punto de vista ecológico como legal.

Y es que la avidez por llevar al mercado estos nuevos productos no hicieron plantearse la necesidad de someter estos nuevos productos a controles muy especiales. En consecuencia, esto tuvo sus impactos en la salud pública. Algunos estudios advierten de que estos alimentos pueden actuar como alergenos o toxinas, o que pueden alterar el metabolismo de la planta, o reducir su valor nutricional (como ocurrió con los frijoles de soya, los cuales contenían menos isoflavones, un importante fitoestrógeno que se considera que protegen a las mujeres de un número de cánceres). Otro caso fue el de Starlink, maíz transgénico no apto para consumo humano que se había encontrado en tortillas para tacos y derivados. Y hay otros casos donde consumidores sufrieron importantes reacciones alérgicas. Todo ello fue descubierto no por el Gobierno o Monsanto sino por el trabajo de otras instituciones (vinculadas al Gobierno aunque éste se mostrara reticente) como el Centro para la Seguridad en la Alimentación y que Andrew Krimbell dirigía.

8. Consecuencias

Los impactos comentados implicaron una serie de consecuencias de muy diferente naturaleza. Por ejemplo, el monocultivo ha propiciado especializarse en determinados productos creando así una preocupante uniformidad genética. Desde siempre, la variedad había sido la regla (hasta hace poco se cultivaban más de 5000 tipos de patatas), sin embargo ahora el panorama rural está siendo cada vez más monocromo (hoy en día sólo se cultivan 4 tipos de patatas). Las consecuencias sociales del monocultivo también son importantes de destacar puesto que países en desarrollo no están preparados para hacer frente a los problemas medioambientales que pudieran generarse como el vacío ecológico que causa este tipo de cultivo y que los insectos aprovechan, o que las plagas pudieran volverse resistentes a las plantas modificadas genéticamente. Además, entre 1990 y 2003 desaparecieron el 30% de los establecimientos agropecuarios medianos y pequeños (103 unidades productivas) y el tamaño medio de la unidad productiva pasó de 250 Ha a 538 Ha. La desaparición de pueblos agrícolas y el incremento de la pobreza son consecuencia del monopolio de las grandes empresas. Las pequeñas familias, incapaces de disponer de la tecnología y el capital necesario, están dejando paso a las grandes corporaciones.

Otra consecuencia, también no deseada por la mayoría, nace del hecho antes comentado de que la proteína Bt pase a enemigos naturales de las plagas. Esto, lógicamente, fomenta el aumento de las plagas, lo cual implica pérdidas de cosechas y aumento en el uso de pesticidas.

En cuanto al poder del sector privado sobre recursos y conocimientos que son de interés público, tanto para la medicina como para la universidad, las consecuencias son preocupantes puesto que limitan la investigación libre y creativa. En todo caso, todo el genio creativo se dirige a innovaciones que tuviesen un reconocimiento económico. Las limitaciones llegan hasta el punto crítico de que, por ejemplo, en una investigación realizada en 1999 por Cho, Leonard y Merz sobre una población de 74 laboratorios clínicos mostró que el 25% habían abandonado la prueba clínica que habían concebido debido a patentes pendientes y el 48% había renunciado a elaborar una prueba clínica debido a la existencia de patentes. Y es que, al darse la fragmentación de la propiedad, es decir, que diferentes empresas tengan la patente de diferentes genes, ocurre que esto encarece o imposibilita estudiar enfermedades que dependen de varios genes.

A veces, las empresas propietarias de estas patentes no están dispuestas a otorgar licencias o, sí lo hacen, lo hacen mediante contratos exclusivos de elevado coste. Dado que estas empresas hacen un uso muy concreto de sus patentes, pues lo dirigen a objetivos muy concretos, entonces las investigaciones que hacen están restringidas a pruebas de rutina. Por otro lado, otra consecuencia es la incompatibilidad que se da entre los laboratorios hospitalarios que son mucho más sencillos que los laboratorios privados. Esta diferencia es problemática, entre otras cosas, por el precio impuesto por los propietarios de los genes.

El caso de Percy Schmeiser resulta muy esclarecedor y representativo de las consecuencias irreparables de la contaminación. Este agricultor perdió sus semillas en 1999 al tenerlas que quemar por estar infectadas de las semillas de Monsanto. Durante décadas había ido seleccionando la mejor simiente, sin embargo todo ese trabajo fue en vano. Y dado que las semillas de Monsanto tenían el gen terminator que impedía replantar las nuevas semillas, Percy estaba condenado a tener que comprar semillas cosecha tras cosecha. Y aunque la colza transgénica no tuviera este gen esterilizador tampoco podía replantarla libremente puesto que estaba patentada. Y lo peor, a pesar de haber sufrido los efectos de la contaminación, Percy (igual que muchos otros agricultores) fue demandado por Monsanto en todo un proceso de juego sucio y extorsión que, como decía el propio agricultor convertido en un símbolo del movimiento por la agricultura tradicional, estaba fracturando el tejido social y rompiendo la unidad de las gentes (Monsanto se las ingenió para que todos desconfiasen de sus vecinos). Además, puesto que Monsanto tenía fuertes lazos en el gobierno, el proceso judicial se decantó a su favor a pesar de lo absurdo que era todo: aunque habían pruebas de que Percy tenía colza de Monsanto porque ésta había llegado porque transportistas de semillas transgénicas las habían transportado de mala manera, el juez dictaminó que daba igual cómo hubiese llegado la simiente a sus tierras, que lo importante era que Percy violaba la patente y que cualquier planta convencional, árbol (o lo que fuera), que estuviese infectado por el gen de Monsanto pasaba a ser propiedad de Monsanto. Así pues, el juez obligó a Percy a pagar 200.000 euros. Lo más sonado fue que las pruebas que la justicia hizo para determinar el porcentaje de colza de Monsanto en tierras de Percy fueron elaborados por empleados de Monsanto y en laboratorios de éste.

Por supuesto, Percy apeló.

El descontento que está generando toda esta nueva política económica de estas multinacionales es otra de las consecuencias que quiero destacar. La falta de etiquetado, el ocultismo en los controles, los escándalos y otros acontecimientos, están minando la confianza de los consumidores que al fin y al cabo son los que dan sentido a toda la superestructura. La Revolución Verde, que como veremos en el siguiente apartado es la posición interpretativa que logra persuadirnos para introducir la biotecnología en nuestras vidas, cada vez es menos creíble. Sobretodo cuando nos enteramos de la existencia del gen terminator o de la sobreexplotación de áreas de plantación que agotan los suelos más vulnerables o del empobrecimiento del tercer mundo y las pequeñas y medianas empresas del primer mundo.

Parte C. Estudio de interpretaciones, valoraciones e intervenciones

9.Interpretaciones y controversias

Una innovación tecnocientífica del tipo que sea es susceptible de ser usada de distintas formas. Según los individuos y sus entornos, una innovación puede interpretarse de modos muy diferentes. Así, la pólvora fue inventada para explotar minas no obstante todos sabemos qué usos terroríficos se le dio. Algo muy similar ocurre con el caso de este estudio. El fenómeno de la biotecnología aplicada a los alimentos, el cual es una gran amalgama de información relacionada con personas, entornos materiales, simbólicos, organizativos y del bioentorno, ha sido interpretada básicamente de tres maneras: 1) ciegamente a favor, 2) prudentemente a favor y 3) rencorosamente en contra.

En cuanto a los primeros, básicamente empresarios como Monsanto, interpretan los alimentos transgénicos como una gran oportunidad para que el tercer mundo pueda combatir las plagas y así se resuelva el problema del hambre. Contradictoriamente, no esconden su interés en sacar rentabilidad de sus inversiones y así entran en juego las patentes.

Además, interpretan que son la salvación mundial por no usar pesticidas, por aumentar la eficiencia de los negocios de los agricultores, incluso prometen alimentos que actuarán como medicamentos y beneficiarán la salud (como ya es el caso del “arroz dorado” con vitamina A). Y una última cosa, piensan que manipular cultivos para optimizarlos no es nada nuevo (aunque parece que ignoran las diferencias entre intervención blanda y dura).

En cuanto a la interpretación que decidía su posición respecto a la patentabilidad de los genes, tomemos como ejemplo las directrices usadas por la USPTO para justificar dicha patentabilidad:

“un gen aislado es patentable como composición de materia o como artículo de fabricación en la medida en que esta molécula de ADN no existe en esta forma aislada en la naturaleza”[4]

¿Y qué piensan éstos respecto a los que se oponen a esta interpretación? Generalmente, que son ignorantes, distorsionadores de la realidad, de la verdad irrefutable de la ciencia, que no ven que el éxito comercial de estos productos sólo puede significar que los agricultores creen que estas semillas ofrecen mayores beneficios.

En cuanto a los segundos y terceros, ambos interpretan que la biotecnología presenta unos riesgos que no han sido evaluados convenientemente. Los que están prudentemente a favor ven en la biotecnología aplicada a alimentos grandes oportunidades aunque también grandes retos. Los que están en contra se sienten estafados, sienten que la biotecnología jamás podrá ofrecer lo que promete y que, en todo caso, perjudicará nuestras vidas, tanto en la salud como socialmente. Por ejemplo, el agricultor alemán Klaus Buschmeier interpretaba que se estaba configurando una nueva situación social parecida a la época feudal y que él luchaba por no volver a dicho estado.

La tecnología terminator probablemente sea el hecho al que más se aferran los detractores de los alimentos transgénicos puesto que piensan que es la prueba del poco interés en la Revolución Verde de transnacionales como Monsanto, DuPont y Novartis.

Además, el hecho de usar tecnología tan agresiva (dañando las células para poderles insertar genes modificados, utilizando virus, etc.) hace pensar que los productos resultantes no serán saludables. Y sospechan también que las plagas desarrollarán resistencias al insecticida presente en la nueva planta por lo que el modelo de la ingeniería genética “una plaga un gen” fracasará.

Son muchos los que piensan, tanto los que no se oponen a estas tecnologías pero son moderados y los que se oponen con gran desconfianza, que existen intereses económicos los suficientemente ambiciosos como para pensar que las evaluaciones científicas de los riesgos de estas tecnología no son lo suficientemente realistas. Y ello lo interpretan a la luz de las denigrantes reacciones de algunas multinacionales ante ciertos trabajos críticos sobre el efecto del maíz Bt en mariposas monarca, o sobre el impacto de los transgénicos en la agricultura tradicional de México, o sobre el deterioro inmunológico y el crecimiento de ratas que habían comido patatas modificadas genéticamente, etc. Así pues, se echa en falta un nuevo método de evaluación de riesgos pues se considera que no han sido lo suficientemente objetivos (y ello a pesar de haberse discutido en círculos gubernamentales, internacionales y científicos).

10. Valoraciones y conflictos

¿Qué valores esconden las interpretaciones anteriores? ¿A qué dan importancia y a qué no? ¿A qué elementos atienden y cuáles le pasan desapercibidos? Este apartado, de carácter marcadamente epistemológico, nos será útil para el próximo punto de carácter marcadamente político.

La primera postura interpretativa que habíamos visto era la que sostenían los que estaban a favor de la tecnociencia y no consideraban los riesgos que las otras posturas subrayaban. La primera postura se caracteriza por atender al desarrollo económico; es la mentalidad de la industrialización aplicada a la biología. Así, no importa el individuo sino las leyes del mercado.

Además, esta perspectiva se apoya en el discurso científico. Ésta valora que el conocimiento científico es suficiente para justificar lo que ocurre. Es el llamado “imperativo científico”. La primacía de la ciencia sobre la tecnología se desprende de esta posición. Cualquier innovación debe ser exportada a toda cultura puesto que por definición se considera beneficiosa. Vemos que toda esta postura carece de sensibilidad para percibir otras dimensiones como es el estado del bioentorno, los impactos sociales y las diferencias entre los entornos simbólicos. Con esto último quiero decir que la lógica y la evidencia no puede extenderse a la vida de las personas y las instituciones. Es decir, hay una dimensión necesariamente plural no reducible a la verdad científica:

“Frecuentemente son los científicos quienes, autolegitimados desde el lugar de autoridad en que pretenden situar a la ciencia, utilizan argumentos engañosos y ajenos a sus especialidades tales como “la necesidad de resolver el problema del hambre en el mundo”, “aumentar la competitividad” o “la urgencia de encontrar nuevas variedades”, para justificar la necesidad de la rápida adopción de estas tecnologías. Enmascaran así la existencia de una disputa en la que compiten distintos intereses en juego -entre los que se cuentan los de su propia corporación-, y se hacen cargo de las banderas de las compañías transnacionales de agrobiotecnología, asumiendo que el cambio tecnológico es un acontecimiento inevitable e inherentemente progresivo.”[5]

La segunda postura hacía hincapié a ser moderados en el uso de estas nuevas tecnologías y responde simbólicamente a lo que se votó en la Conferencia de Asilomar en 1975. Ésta fue una conferencia de pioneros en ingeniería genética, que se celebró en California, para tratar la cuestión de seguridad y ética de la reciente investigación transgénica. En dicha conferencia se reconoció una total ignorancia de las posibles repercusiones de las nuevas tecnologías y se votó que todas las combinaciones genéticas quedaran guardadas en los laboratorios de forma segura:

“En realidad, nadie puede predecir los impactos a largo plazo que pueden resultar de la diseminación masiva de estos cultivos. No se ha llevado a cabo suficiente investigación para poder evaluar los riesgos ambientales y de salud de los cultivos transgénicos, lo cual es una tendencia desafortunada. La mayoría de los científicos piensan que es crucial tener este conocimiento antes de que las innovaciones biotecnológicas sean implementadas

(…)

La biotecnología debe ser considerada como una herramienta más que se puede usar, siempre y cuando los riesgos ecológicos sean estudiados y decidido que sean aceptables, conjuntamente con una serie de otras iniciativas destinadas a dirigir a la agricultura hacia la sostenibilidad.”[6]

Esta segunda postura también hace hincapié en un modelo de investigación, no dominado por el sector privado, abierto a múltiples colaboraciones donde la información fluye libremente. Así pues, se propone otro modelo de intervención y otro modelo de investigación. Además, hay un reconocimiento de que la tecnología es una entidad más amplia que la ciencia, de que la ésta última es el instrumento de la tecnología.

En cualquier caso, la prudencia y el tomarse muy en serio los posibles riesgos de la biotecnología, son la actitud básica de esta posición valorativa:

“No hay mayor crítico de la biotecnología y de sus peligros que Jeremy Rifkin. En la introducción a su libro, The Biotech Century (1998), escribe:

Fue hace más de veinte años que fui el co-autor, con Ted Howard, de un libro titulado  Who Should Play God?. En ese libro escribimos sobre las promesas y los peligros de una nueva tecnología de la que poca gente había oído hablar, la ingeniería genética. Al discutir sobre las muchas ventajas que resultarían de la nueva ciencia, también advertimos sobre los peligros que pueden acompañar a la revolución tecnológica. También expresamos la preocupación por el aumento en la comercialización de la reserva de genes de la Tierra en manos de firmas farmacéuticas, químicas, y de la biotecnología, y de las preguntas planteadas sobre los impactos potencialmente devastadores a largo plazo como consecuencia de liberar organismos genéticamente modificados al medioambiente.” [7]

Por último, la tercera postura se posiciona en la teoría ecológica, en la naturalidad de los alimentos y en el comercio no constreñido por multinacionales.  En este caso, Fred Kirschenmann, del Centro Leopold para la agricultura sostenible, es un claro representante. La agricultura sostenible aboga por la biodiversidad y por el uso de métodos tradicionales, por la intervención blanda.

11. Intervenciones y confrontaciones

Cada una de estas tres posturas interpretativas y valorativas han tenido y tienen un modelo a seguir a la hora de intervenir efectivamente en el mundo. Es decir, más allá de tener opiniones, actúan consecuentemente por medio de diferentes estrategias de intervención.

La primera postura que es ciegamente favorable a los alimentos modificados genéticamente ha sido suficientemente expuesta. Recordemos cómo en sus inicios la motivación económica fue lo que impulsó a Monsanto a expandir el cultivo de transgénicos. Además, dada la envergadura de dicha multinacional, su poder estuvo muchas veces por encima de lo que se espera de un estado. La cantidad de asociados de Monsanto en el propio seno del Gobierno estadounidense impidió, a pesar de la oposición de la FDA, que las regulaciones perjudicaran a la multinacional

Así pues, impulsados por un espíritu imperialista y la conciencia de tener toda la razón gracias a su alianza con la tecnociencia, esta postura avanza con más fuerza que nunca, arrastrando así a una mayoría, supuestamente ignorante, sin voz ni voto.

La segunda postura, la que está a favor de los OGM de forma moderada, propone un modelo de intervención basado en el poder de la población. Primero de todo, encuentra indispensable que la población esté debidamente informada, es decir, que se les haya facilitado de forma comprensible los entresijos de estas nuevas tecnologías. Segundo, que una vez informados, la población pueda decidir sobre su alimentación. Básicamente es el poder del pueblo. En 1997, los consumidores estadounidenses protestaron por un intento del gobierno de redefinir los estándares orgánicos en los que los OGM se incluían. 275.000 ciudadanos escribieron indignados al Departamento de Agricultura y finalmente el gobierno abortó dicho intento de redefinición.

Esta postura de democratización del conocimiento científico en aras de la participación ciudadana es, a la vez, partidaria del Principio Precautorio como marco legal y que dice que la ausencia de evidencias no es evidencia de ausencia, puesto que es una gran falacia. Recordemos lo dicho más arriba sobre la Conferencia de Asilomar en 1975. Es por ello que esta postura siempre ha presionado para que los OGM fueran debidamente etiquetados puesto que es condición indispensable para poder identificar y evaluar posibles riesgos. Además, este posibilitar ciertos tipos de evaluación, quizás por la corruptibilidad que ha sido frecuentemente denunciada, debería extenderse para asegurar la objetividad valorativa.

Por último, destacar de esta segunda postura su interés en que el sector público recibiera importantes subvenciones para el desarrollo de estas tecnologías. Este modelo, junto a otros modelos de investigación colectivos como es el Centro de Estudio del Polimorfismo Humano (CEPH), son la única forma de poder competir con las transnacionales y así encontrar un equilibrio entre el mercado y la investigación libre. En caso contrario, la cuestión de la propiedad intelectual podría ser un problema.

La tercera postura que hemos caracterizado por oponerse a los OGM tiene un papel desestabilizador actualmente. ONG’s como Greenpace han lanzado violentas ofensivas contra los OGM.

La opción propuesta es la llamada agricultura sostenible y que consiste en reciclar los recursos naturales, fomentar la variedad de cultivos, asegurar la salud del suelo, diseñar una estructura social de participación y autorización de la comunidad, etc. Ejemplo es la granja Full Beely en el valle de Capay (California). Según está postura, existe un movimiento masivo de consumidores que están eligiendo esta opción. En 1990 el gasto de los consumidores estadounidenses en comida orgánica fue de 7.700 millones de euros; y en 2003 esta cifra ascendió hasta 10.000 millones. Esta postura piensa que es posible una revolución verde con tecnologías agroecológicas y que, para ello, lo único que es necesario es una apuesta por parte del gobierno.

Conclusiones

Supongo que cualquiera que haya leído este estudio estará completamente convencido de la utilidad del método tecnográfico para entender la problemática de los transgénicos y de la ingeniería genética en general.

Ciertamente, este estudio, aunque breve, pone de manifiesto la importancia de los entornos organizativos a la hora de entender las controversias y confrontaciones que actualmente se están dando de una forma dramática. Al mismo tiempo, este estudio deja a relucir que oponerse a los transgénicos sería perder interesantes posibilidades como en el caso del arroz dorado enriquecido en vitamina A y que permite que miles de niños de Asia y Africa no carezcan de dicha vitamina. Así pues, en vistas de las nuevas posibilidades y teniendo bien presente los abusos de poder de algunas corporaciones, debería potenciarse un modelo de desarrollo ampliamente democratizado en el que todos los ciudadanos pudiesen intervenir, donde el sector público tomara un papel relevante y pudiera participar con la misma autoridad que un científico pues, entre otras razones, hemos dejado claro que el imperativo científico es la causa de que ciertas instituciones puedan actuar inmunemente. Razón también por la cual los filósofos, cuya visión es especialmente macro, no están siendo consultados por los organismos competentes.

En mi opinión, y para finalizar este estudio, los frentes de batalla que deberían ser potenciados serían:

–          El reconocimiento abierto de incertidumbre respecto a los impactos de los OGM en la salud a largo plazo.

–          Equilibrar el sector público frente al sector privado mediante políticas sociales que inviertan en investigación y que constriñan la patentabilidad.

–          Legislar para un etiquetaje más riguroso de los OGM con tal de poder hacer seguimientos exhaustivos de éstos.

–          Radicalizar las medidas para evitar la contaminación.

–          Inversión en estas tecnologías por parte de ONG’s con tal de hacer realidad el sueño de la Revolución Verde.

–          Desarrollar una estructura social que prepare a los ciudadanos para intervenir efectivamente es asuntos de ciencia y tecnología.

Bibliografía y webgrafía

– “La nueva era de servidumbre bajo el mandato de los gigantes de la genética”, documental producido por DENKmal-Film GmbH (2001).

– “The future of food”, documental de Lily Films (2004).

– Alicia Massarini, “Tecnociencia, Naturaleza y Sociedad: El caso de los cultivos transgénicos”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Anthony Giddens, “Globalización”, en Anthony Giddens, Un mundo desbocado, los efectos de la globalización en nuestras vidas. Madrid, Santillana, 2000.

– B. M. Chassy, W. A. Parrott, R. Roush, “La biotecnología de los cultivos y el futuro de los alimentos: una contribución científica” (QTA 2005-2 SPA Octubre 2005), en The Council for Agricultural Science and Technology (CAST), disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Burke, J., y Robert Ornstein, “El fin del viaje”, en Burke, J., y Robert Ornstein, Del hacha al chip: Cómo la tecnología cambia nuestras mentes. Barcelona, Planeta, 2001.

– Carmen Morán, “El maíz transgénico está acabando con los cultivos del ecológico”, El País, 19 de octubre de 2006.

– Jeremy Rifkin, “El siglo de la biotecnología”, Barcelona, Piados, 2009.

– Langdon Winner, “La carrera tecnológica y la cultura política”, en J. Sanmartín y M. Medina et. al. Estudios sobre sociedad y tecnología. Barcelona, Anthropos, 1992.

– Manuel Medina, “Ciencia, tecnología y cultura. Bases para un desarrollo compatible”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Manuel Medina, “De la sociedad de la información y el conocimiento a la sociedad del riesgo: dilemas, impactos y retos de la cultura tecnocienífica”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Manuel Medina, “La cultura de la ciencia y la tecnología”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Manuel Medina, “Tecnociencia, sociedad y cultura digital: Tecnografía de ciencia, tecnología, cultura y política”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Manuel Medina, “Tecnografía y política del desarrollo tecnocientífico”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Maurice Cassier, “Bien privado, bien colectivo y bien público en la era de la genómica”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Miguel A. Altieri, “Diez razones que explican por qué la biotecnología no garantizará la seguridad alimentaria, ni protegerá el ambiente ni reducirá la pobreza en el tercer mundo”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Miguel A. Altieri, “Los impactos ecológicos en la biotecnología agrícola” (2001), disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.

– Paul Forman, “La primacía de la ciencia en la modernidad, la tecnología en la posmodernidad, y de la ideología en la historia de la tecnología”, disponible en el campus virtual C3SI, en el curso de Tecnociencia y política en la sociedad del conocimiento, http://www.ub.edu/prometheus21.


[1] “Diez razones que explican por qué la biotecnología no garantizará la seguridad alimentaria, ni protegerá el ambiente ni reducirá la pobreza en el tercer mundo” Por Miguel A. Altieri University of California, Berkeley. Peter Rosset Food First/Institute for Food and Development Policy

[2] “The future of food”, documental de Lily Films (2004).

[3] “Bien privado, bien colectivo y bien público en la era de la genómica” de Maurice Cassier

[4] Ibid.

[5] “Tecnociencia, Naturaleza y Sociedad: El caso de los cultivos transgénicos” de Alicia Massarini

[6] Ibid.

[7] Evan, W. M. y Manion, M. (2000) “Three Industrial Revolutions and Beyond” en Minding the Machine: Preventing Technological Disasters, Manion Upper Saddle River, NJ: Prentice Hall, Cap. 6

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