El tiempo en el monasterio de Poblet

.

Paseo en silencio por sus claustros pedregosos,

y siento más bien que buceo a través de ellos,

durante pesadas horas,

a través de sus burbujas divinas, nacientes y errantes.

 .

Y puedo olvidar todos mis muros mentales,

tan sólo necesito escuchar a los monjes,

la extrema ternura de sus deliciosos cantos,

cantos colmados de amor hacia nuestro queridísimo Padre.

Comprendo en ese instante por qué sonríen tanto.

  .

Entonces es cuando mi alma está por fin preparada,

¡ya puedo contemplar la noche en todo su esplendor!

sin vértigo, sin miedo a que me atraiga la infinita densidad del profundo espacio,

sin que haya mirada de estrella que me deslumbre.

¡Por fin solos el cielo y yo! Ambos juntos, no excluyentes.

  .

Y así, noche tras noche, acabo aprendiendo a vivir allí donde pongo los pies,

allí donde respiro el aire que entra en mis pulmones

allí donde doy gracias por vivir,

allí donde libero la mente de toda ansia,

abriéndola al gran misterio…

 .

. .

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